Javier Novillo Astrada, en Martínez, horas después de ser padre de Clara; a los 33 años, la aparición de un tumor le modificó la perspectiva de las cosas | Mariano Gallardo Por Claudio Cerviño
De la Redacción de LA NACION
Mediodía soleado, el miércoles pasado, en Martínez, por Dardo Rocha. Creíamos, al acordar el punto de encuentro, que Javier Novillo Astrada, polista de profesión y de alma, residente en Pilar, andaba por la zona por cuestiones relacionadas con su trabajo. Sorprende con naturalidad y una sonrisa: "Acabo de ser papá, hace cuatro horas. La beba (Clara) y Delfina están bien".
En varios lapsos de la charla, el hombre de La Aguada, de 33 años, padre también de Manuel (7 años), Simón (4) y Nina (3), habla de un momento espiritual muy fuerte. El destino se fue entrelazando misteriosamente. En enero, la crisis económica global lo dejó sin equipo en la temporada de Palm Beach. Mala noticia para el bolsillo. Trotamundos desde los 18, esa brecha en su calendario le permitió disfrutar de sus primeras vacaciones en serio en familia y con amigos. En medio de las charlas veraniegas, surgió la posibilidad de un acercamiento al Movimiento Cristiano del Polo, algo que el matrimonio tenía pendiente por los constantes viajes. Casual o no, esa situación tendría una vital preponderancia para lo que sobrevendría. Inesperado.
Transcurrían los primeros días de abril y Javier disputaba el Polo Tour, en la Argentina. Un hormigueo en el brazo derecho dio una señal. No le impidió jugar, pero el alerta se repitió. Consultas médicas y resonancia magnética de por medio, a las 24 horas, y casi de madrugada, se enteró de la existencia de un tumor cerebral.
-¿Cuál fue tu reacción?
-Llegué a casa a eso de las 2. Medio aturdido, pero no bajoneado. Delfina me preguntó cómo me había ido, le conté y pensó que le estaba haciendo una broma. El médico que me atendió fue muy piola, me explicó con tranquilidad el tema, le bajó los decibeles. Y mi mujer es un poco como yo: no somos de exaltarnos demasiado. Lo que tiene que pasar, tiene que pasar. Nos encontró en un momento espiritual muy fuerte. Te diría que el primer sorprendido en cómo me lo tomé fui yo mismo.
-¿Y cuando se despertaron?
-Igual. Fue como decir "vamos a encarar el problema".
-¿Al tomar noticia del tema, pensaste primero en vos o en tu entorno?
-En verdad, no me acuerdo. Creo que en la familia. Pero es rarísimo: siempre pensé en positivo. Y en seguir a los médicos con el tratamiento. La posibilidad quirúrgica tenía ciertos riesgos, por lo que se descartó por ahora. Tuve la suerte de caer en buenas manos de entrada. Mis viejos capaz que se asustaron más que yo. Ahora, pienso que si me agarraba en otra etapa de mi vida, tal vez habría tenido una reacción diferente. Esto hasta me permitió relajarme, desacelerarme y mirar todo desde otra perspectiva, sin ser tan severo ni crítico.
-¿Le llegaste a preguntar al médico si podrías volver a jugar?
-Fue una de las primeras cosas que le pregunté. Y me encantó la respuesta. No es que me dijeron "sí, pibe, está todo bárbaro", tipo chanta. Me explicaron que si yo me sentía bien, que no habría problemas. Eso me ayudó a ponerle pilas para llegar bien a la Triple Corona.
Suena el celular de Javier. Es Nacho, uno de sus hermanos, que llama desde Santa Barbara, California, donde está jugando, para felicitarlo por el nacimiento de Clara. "En estos cuatro meses desde el primer estudio, lo que más me inquietaba era el embarazo. Por suerte, a mi esposa siempre la vi bien y ella también a mi. Fue importante para los dos".
Javier siguió al detalle los consejos médicos de Ramón Leguarda, del Fleni, y de Blanca Díaz, con el tratamiento indicado. La semana próxima tendrá nuevos estudios y un perfil de sus próximos pasos. El fin de semana pasado retomó las prácticas, ligeras, para ir tomando forma. El debut en Tortugas será el 22 de septiembre, ante Chapa Uno.
-¿Y qué te planteás de acá a fin de año con La Aguada?
-Jugar la Triple Corona y en especial Palermo. Soy un apasionado mal.
-¿Pero soñás sólo con jugar el Abierto o con ganarlo?
-Mirá, jugar lo tengo en mente desde el primer momento. Lo que aprendí de todo esto es a no hacerme ilusiones. Si me dicen que no puedo jugar, es no y la tengo clara, no me voy a deprimir. Pero apunto a llegar bien a Palermo y el sueño es que La Aguada vuelva a ganarlo, a ser campeón.
Ahí anda Javier Novillo, con la alegría incomparable de la flamante paternidad y la lucha en positivo. Sabedor de lo que es la pelea. Es que lleva el estilo de La Aguada impregnado en la piel.