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Ajedrez

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La partida de la eternidad

Los maestros Aaron Schwartzman, de 100 años, y Francisco Benkö, de 99, brindaron una exhibición en el Club Argentino de Ajderez que fue bautizada como el "Encuentro del Bicentenario"

 
 
Por Carlos Ilardo

Sentados frente a un tablero de ajedrez hay dos hombres que todavía no se rinden; dos figuras casi eternas que suman años hasta el infinito. Acaso, se trate sólo de dos personas inmunizadas contra el olvido.

Irradian lucidez y pasión, y están concentrados y dispuestos para escribir una nueva hazaña. Saben muy bien que transitan juntos el final de una partida, por eso juegan sin mirar el reloj; ya nada los perturba, ni siquiera el paso del tiempo. Podrían darse por satisfechos y aguardar plenos y felices el desenlace, sin embargo prefieren seguir jugando. Y no se rinden.

Ambos, todavía sienten y disciernen que tienen licencia para decir y hacer lo que se les dé las ganas, aunque eluden las estridencias y cultivan el bajo perfil. Son dos batalladores de la vida a los que les sobran historias: conocieron los horrores y espantos de dos guerras mundiales, padecieron dictaduras y persecuciones, planificaron una y mil veces cada amanecer del último siglo. Porque acumulan méritos para rendirles homenajes, les pidieron que jugaran para la memoria.

Anteanoche, en el Club Argentino de Ajedrez, el médico y cirujano Aaron Schwartzman, de 100 años, campeón de esa entidad entre 1931 y 1948, y el maestro Francisco Benkö, de 99, un ciudadano alemán que eligió a la Argentina como destino cuando se escapó de las garras del nazismo, jugaron una partida de exhibición, bautizada como "Encuentro del Bicentenario" a modo de festejo anticipado al cumpleaños N° 200 de la patria el próximo año. La excusa de la celebración los puso frente a frente.

El duelo despertó la atención de los jóvenes maestros, Diego Flores, Alan Pichot, Florencia Fernández y Stephanie Amed, espectadores privilegiados que siguieron la partida muy próximos a la mesa de juego, acompañados por el Lic. Luis Palacios, Presidente del Club Argentino, Jorge Berguier, coordinador del Área ajedrez en el Ministerio de Educación, Federico Susbielles, Gerente de Promoción Social y Comunitaria del PAMI y el maestro Oscar Cuasnicú, Director del Plan Ágil Mente que promociona el órgano estatal.

En silencio contemplaron cada uno de los movimientos de una partida que se extendió casi un cuarto de hora hasta que el menor de los rivales, que condujo las piezas blancas, propuso con gentileza el empate cuando su posición era claramente superior. Su adversario meditó largamente, extendió su mano y tomó la propuesta. Recién entonces se soltaron los primeros aplausos y con ello las emociones. Hubo tiempo para los elogios mutuos e incluso para un ligero análisis de la partida.

"Cuando llegué a la Argentina en 1936 busqué un club donde pudiera jugar al ajedrez. No fue fácil que me abrieran las puertas porque yo me había escapado de Europa y muchos pensaban que era comunista", dijo a La Nación con voz aguardentosa y el acento centro europeo que aún arrastra Francisco Benkö. Y agregó, "después de algunas vueltas unos amigos me trajeron hasta el Club Argentino y mi primer rival, en una partida informal fue el Dr. Schwartzman. El ya era un fuerte jugador y campeón imbatible de este club. Así que ahora no me pidan que me acuerde cómo salió aquella partida", remató con una sonrisa contagiosa y un guiño cómplice el hombre que eligió este país como su nuevo hogar, emérito de la Comisión Nacional de Energía Atómica y que luce orgulloso un carné del Club Argentino que dice "socio vitalicio".

El ocasional rival de ese recuerdo de hace 73 años, ahora está alejado de los tableros. A un paso de cumplir 101 años, el próximo 2 de diciembre, aún trabaja y vive de su profesión; atiende en su consultorio médico en el barrio de Congreso.

"Me dediqué enteramente al ajedrez hasta que me di cuenta que era incompatible con la medicina; me recibí de médico en la década del treinta, pasé por el Hospital Fiorito y más tarde por el Fernández. Me dolió alejarme porque tenía buenos antecedentes y valiosas victorias, pero elegí la medicina como aliada y a Teresa, mi mujer, como compañera la que me acompaña desde hace ya 67 años".

Cuando el avance de la noche sentenció la velada esos dos hombres optaron por marcharse juntos. Caminaron por una misma vereda, acaso compartiendo el mismo sueño y la misma alegría. En una esquina de la historia se abrazaron para el recuerdo, y un último susurro rompió el silencio: "yo no me rindo". Y siguieron. .

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