Adrián Scaserra es llevado en brazos tras recibir un disparo; su padre (de gorra) parece buscar respuestas - ArchivoLa muerte en el fútbol, ese mal endémico que a algunos ya no los sorprende por la frecuencia con la que aparece, volvió a darse una vuelta por nuestro país. Cada vez con marcas más hirientes, como si no fuese suficiente aberración la muerte misma. Entre las víctimas más recientes, impresiona la cantidad de adolescentes que se registran, como si a los más jóvenes ya no les interesara nada de lo que pudiese ocurrirles. Ello, sin soslayar que muchas veces, son presos de la furia de otros sin siquiera tener una mínima vinculación con los hechos. Pero lo concreto es que cada vez más chicos menores de 20 años están involucrados en hechos de violencia de fatal desenlace.
El caso más emblemático, el de Adrián Scaserra, el adolescente de 14 años que recibió un disparo en un Independiente-Boca, nada tiene que ver con la vinculación de ese chico con un grupo violento. Quedó en la memoria colectiva como una víctima de la barbarie cuando el 7 de abril de 1985 escapaba junto con su padre de la represión policial tras una trifulca en Avellaneda. Y si aquel fue un caso recordado, mucho tuvo que ver un estigma que se reitera sin solución de continuidad hasta nuestros días: la intemperancia de unos, la pasividad e incapacidad de otros. El caso, más allá de un resarcimiento económico a la familia, jamás fue aclarado. Privó la hipótesis de un disparo policial al aire. Quizá por eso, Adrián fue apenas el eslabón inicial de una cadena de impunidad generalizada que sumó otro anillo ayer, con la muerte de Walter Cáceres.
Desde entonces, se vivió y se sufrió de todo. Muertes premeditadas, absurdas, accidentales y hasta previstas por tratarse de ajustes de cuentas. Héctor Montes tenía apenas 16 años cuando un balazo de una pistola calibre 9mm acabó con su vida en 1990, durante un Unión-Racing y el mismo destino, en el mismo año, sufrió Adriana Guerrero, de 15 años, durante el clásico marplatense entre Kimberley y Aldosivi.
Omar Giménez tenía sólo 18 años cuando un tiro acabó con su sueño de vida en un Dock Sud-Defensores de Belgrano del ?92. Fue uno de los tantos casos que se perdieron entre el anonimato del ejecutor y la impericia investigativa, al igual que el deceso de Sergio Fernández (Central-Huracán, 1993), cuyo cuerpo lleno de politraumatismos no alcanzó más que para declarar su muerte como "dudosa". Tenía 15 años.
Por llevar la casaca de Belgrano algunas horas después de terminado el clásico cordobés de 1994, a Jorge Oviedo (16 años), literalmente lo fusilaron, a la vez que a Germán Barbaresi (18) le clavaron el palo de una sombrilla en el Vélez-Argentinos de noviembre de 1995 y murió por hemorragias internas. Más locura y más jóvenes muertos sin sentido alguno, como Mariano Guaraz (17), quien quedó en el medio de una balacera y tres impactos lo dejaron en el piso del mismo infierno en 2000, tras un Almirante Brown-Morón. "Fue una masacre", dijeron sobre aquel suceso. A Nelson Galarza lo esperaba un destino similar al de Scaserra, cuando viajó con su papá a ver a Deportivo Merlo en Caseros, contra Estudiantes: el chico de 10 años recibió un balazo en la cabeza. A Sebastián Garibaldi, hincha de Estudiantes de 14 años, los barras de Gimnasia lo golpearon hasta dejarlo agonizando en febrero de 2002 y murió a los cuatro días del hecho. El odio exacerbado entre las barras tucumanas de Atlético y San Martín se cobró la vida de Adrián Brito (14 años), a quien fueron a ajusticiar a una casa, en octubre de 2008.
Todos menores de 20 años, todos sin posibilidad alguna de resarcirse si el camino de la violencia los había descarriado, o bien sin posibilidad de defenderse si resultaron inocentes personas cuyo único delito fue estar en el momento y el lugar equivocados. Muchos otros ajustes lejos de las canchas también tuvieron trágicos desenlaces. Y la nómina no tiene freno. Por impericia, desinterés o pura negligencia, el conteo parece imposible de detener.