Samaranch fot el camp, Samaranch fot el camp!" (Samaranch andate). Megáfono en mano y subido al capó de un auto, el cineasta Pere Portabella inicia el reclamo. Lo siguen más de 100.000 catalanes antifranquistas agolpados en la plaza San Jaime, frente a las puertas de la Generalitat. Exigen la renuncia de Juan Antonio Samaranch como presidente de la Diputación de Barcelona. Es el 23 de abril de 1977, plena festividad de San Jorge, patrono de Cataluña. El dictador Francisco Franco murió hace un año y medio, tras casi cuatro décadas en el poder. "Su mandato -dijo Samaranch al día siguiente de la muerte- va a representar uno de los más brillantes períodos de la historia de España."
Samaranch fue al entierro de Franco vestido de civil. Sin el uniforme falangista con el que practicaba deporte de joven. Con el que también iba a golpear estudiantes a la Universidad de Barcelona junto con su amigo Pablo Porta, luego presidente de la Federación Española de Fútbol, según contó alguna vez el diario El País. Un uniforme con el que aún hoy se lo ve por Internet, con el brazo derecho erguido, haciendo el saludo fascista. Pero en 1977 el fin de la dictadura es inevitable. Samaranch, que ya es vicepresidente del Comité Olímpico Internacional (COI), escucha el consejo de su amigo, el rey Juan Carlos. Abandona su proyecto de partido Concordia Catalana y, apenas dos meses después de "Samaranch fot el camp", se va como embajador a Moscú. A preparar el terreno que lo convierte en el dirigente más poderoso del deporte mundial. En un "español glorioso", como lo describió el noticiero de la cadena TV3 la semana pasada, el día de su muerte. Las puertas de la Generalitat que hace 33 años se le cerraban le fueron abiertas para instalar la capilla ardiente. TV3 no habla de Franco. Tampoco lo hace casi toda la prensa española. Al dictador, sí, lo recuerda el fanático que se acerca al féretro y levanta su brazo derecho. Como en los viejos tiempos del Generalísimo.
Samaranch padre, don Francisco, sale a trabajar a los diez años. Friega los pisos y limpia las escupideras de cerámica de los oficinistas de la textil Malvehy SA. Crece a puro trabajo y en 1931 funda Samaranch SA. Llegan el golpe y la Guerra Civil. Es detenido en 1936 en plena frontera. Uno de los líderes del comité revolucionario de Molins de Rei recuerda que ese hombre lo había recogido en la calle y le ofreció ropa y trabajo. Le salva la vida. Lo reconocen como "el mejor patrón de la comarca". Su fábrica de Molins de Rei tenía guardería, biblioteca, campos de fútbol, comedores, jardines y un club social. Juan Antonio crece en un barrio residencial. Asiste a escuelas extranjeras. Al Colegio Alemán va con una cruz gamada en la solapa del saco. "Esto es el futuro", le dice a un compañero de clase. Las cruces gamadas conviven ese año con los aros olímpicos. Hitler celebra en 1936 los Juegos de Berlín, regalo de Avery Brundage, entonces presidente del COI. Cruzado del amateurismo, el millonario Brundage dice que las denuncias contra el nazismo son obra de "judíos" y de "comunistas". Juan Antonio Samaranch tiene 16 años. En España estalla la primera sublevación militar y el gobierno lo convoca a servir a la República. Pero él juega en el equipo rival. Termina escondido en Barcelona. Triunfa el golpe y en 1939 vuelve a ser convocado, aunque otra vez evita el combate. Ya es perito mercantil. Don Francisco vuelve a comandar su fábrica modelo, pero Juan Antonio es el primero de los hijos que vende su parte, once años después de la muerte del padre. Ya había dejado el boxeo. Combatía como Kid Samaranch. Sus amigos de la Brigada del Amanecer, como se conocía a esos niños bien que recorrían la noche catalana, temían que Juan Antonio fuera golpeado y arreglaban con algunos rivales para que se cayeran al primer golpe.
Juan Antonio Samaranch no sólo comienza a hablar más en catalán, acorde con los nuevos tiempos de la democracia. También aprende el ruso. Del fascismo al comunismo. Su última foto con el brazo erguido es de 1974, acompañado de otros falangistas, celebrando el 38º aniversario del golpe. Cuatro años después, es embajador en Moscú y también agente de la KGB. Lo asegura Vladimir Popov, autor del libro El ajedrez de la KGB (2009). En 1980, en la Casa de los Sindicatos Soviéticos de Moscú, la Europa comunista y Adidas lo consagran nuevo presidente del COI. Agradece por partida doble: al primero le permite seguir con su política de doping estatal, al segundo abriendo los Juegos a los deportistas profesionales. Los Juegos morían por los boicots políticos y la falta de dinero. Samaranch les dio nueva vida. El COI, que tenía apenas 27 empleados y un presupuesto de 3 millones de dólares cuando él asumió, se convirtió en una multinacional poderosa. La NBC había pagado 87 millones de dólares por las Olimpíadas de Moscú 80. Pagará 1200 millones por los de Londres 2012.
El crecimiento, eso sí, fue traumático. Casi un tercio del centenar de miembros del COI fue acusado en 1998 de dejarse corromper para votar sedes. Algunos con puestos de trabajo, otros con becas, vacaciones y costosos tratamientos médicos. Sólo una decena dejó su puesto. Miembros de Sudán, Samoa, Chile, Ecuador, Malí, Swazilandia y otros países del Tercer Mundo. Limpieza ética, se jactó el COI. "Limpieza étnica", dijeron los críticos. Fue su momento más difícil, que arruinó sus aspiraciones de ganar el Premio Nobel de la Paz. Estados Unidos, patrocinador principal del COI, lo citó a declarar ante el Congreso. Sabía que algunos senadores tenían las viejas fotos del brazo erguido. Por las dudas, llevó guardada en el bolsillo del saco una foto de Franco abrazándose con Dwight Eisenhower. Se fue en 2001, tras 21 años. España creyó que seguía siendo influyente. Pero Madrid perdió primero ante Londres y luego ante Río de Janeiro sus aspiraciones de organizar los Juegos de 2012 y 2016. Ya había hecho lo suyo por el deporte español, al que llevó a los primeros planos, especialmente tras el impulso creado por los Juegos de Barcelona 92. Eran tiempos de "Samaranch for ever". Cuando además renovó por completo al COI, cambiando aristócratas por amigos y hasta por su propio hijo. Pocos se atrevían entonces a recordar el pasado. Sólo estaban, entre otros, los periodistas Jaume Boix y Arcadio Espada, autores del formidable libro biográfico El deporte del poder (1991), y los británicos Andrew Jennings y Vyv Simson, que anticiparon la corrupción olímpica en 1992, con el libro Los Señores de los Anillos, que intentó ser censurado por Samaranch.
La prensa de los Estados Unidos y Gran Bretaña sí recordaron estos días el pasado franquista, en muchos casos para explicar también el modo autocrático con el que Samaranch cambió la cara del moribundo movimiento olímpico. Contrastó con la omisión del pasado de la prensa española. Lo suyo no fue evolución, sino oportunismo puro, dicen algunos de los que no respetaron este domingo el minuto de silencio en el Camp Nou. Catalunya Radio preguntó a la audiencia si convenía dedicarle una calle al difunto. El 62 por ciento dijo que no. "Good Bye Samaranch: un franquista menos", dice uno de los tantos espacios abiertos en las redes sociales, donde sí se debatió ampliamente el tema. "Haberle abierto las puertas de la Generalitat es un insulto a las víctimas del franquismo", se enojó Joan Josep Nuet, senador de Izquierda Unida y Alternativa. Hasta la derecha que denunció al juez Garzón por su investigación sobre los crímenes del franquismo se irritó por tanto olvido de la España moderna. "Tiene gracia que aquellos que ahora agitan el fantasma de la Falange cuando no es nada se olviden u oculten que Samaranch fue mucho en la Falange cuando ésta lo era todo", ironizó un columnista del diario monárquico ABC. "Al final -ironizó alguien en la Red- va a resultar que el único fascista fue Franco."
Don Francisco Samaranch no vivía cuando quebró la fábrica, en 1980, el mismo año en que Juan Antonio asumió como presidente olímpico. Samaranch padre guardaba en el sótano de la mansión familiar cientos de juguetes para regalarles a los hijos de sus empleados. Juan Antonio le preguntó si eso no era un poco ridículo. "Gracias a estos hombres tú puedes vivir como vives", respondió el padre. Los deportistas lo ayudaron algo más. Gracias a ellos se convirtió en un español moderno. En el Papa del olimpismo moderno.