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Campeones del Bicentenario

Los niños -escribía Hipólito Vieytes en 1805- deben ejercitarse en la carrera, en la lucha y en todos aquellos ejercicios que al mismo tiempo sirven para su desarrollo y crecimiento." Cinco años después participó de la Revolución de Mayo. Los conquistadores españoles habían prohibido en 1602 la chueca, una especie de hockey que era el deporte rey entre los pueblos indígenas. Antes de que llegaran la cruz y la espada, los pueblos primitivos también jugaban con la pelota, boxeaban, corrían y nadaban. Jugaban en la "kancha" (recinto), palabra de origen quechua. Con los conquistadores llegaron las corridas de toros, primero en la hoy Plaza de Mayo, luego en Belgrano y Moreno y, finalmente, en Retiro, con una plaza para diez mil personas, donde toreó el líder unitario Juan Lavalle. El sangriento rito taurino cayó en desgracia después de 1810, hasta su prohibición definitiva en 1899. El pueblo aceptaba más los juegos con caballos. Primero el pato. Se jugó desde inicios de 1600 y fue prohibido en 1784. El problema no era que a veces se jugaba con un animal vivo, sino que morían jinetes. Resurgió reglamentado en 1938 y en 1953 Juan Domingo Perón lo declaró "deporte nacional", aunque todavía hoy pocos saben cómo se juega. Segundo, las carreras, que sufrieron con las apuestas, especialmente si alguien corría con "el caballo del comisario". El dinero de las apuestas circulaba más en la pelota vasca, con estadios para miles en pleno centro de la ciudad. Una pasión que, ya con la versión criolla de pelota paleta, creció en el interior y creó leyendas como la de Oscar Messina, el Manco de Teodelina. Historias de pueblo, boliche y frontón.

Derrotados con las armas, los ingleses impusieron sus negocios. También su cultura deportiva. Pelotazos de los soldados invasores rompieron las tejas de los techos del Cabildo de Luján. Y, ya rendido, el general William Carr, vizconde de Beresford, se convirtió en el primer "tenista" en la Argentina. Jugaba con el teniente coronel Denis Pack y otros subalternos en su prisión VIP de Luján. Los vecinos le devolvían la pelota cuando caía a su propiedad, según cuentan Eduardo Puppo y Roberto Andersen en su libro Historia del tenis en la Argentina. Más civilizado que el pato, los estancieros ingleses impusieron el polo. Sin los peones devenidos petiseros que formaban el equipo de Las Petacas, bicampeón 1895-96. Los echaron por "profesionales". Johnny Traill y Louis Lacey, dos anglos establecidos en la Argentina que se habían alistado en la Primera Guerra Mundial, dispuestos a matar o morir por su país, rechazaron jugar para la selección británica de polo en los Juegos Olímpicos de París 24. Dijeron que no podían enfrentar a sus maestros argentinos. Su ausencia ayudó a que la Argentina fuera campeón y nuestro deporte ganara el primer oro olímpico de su historia.

Amateurs fueron los ingleses de la ciudad que en 1867, en pleno combate entre unitarios y federales, jugaron fútbol en lo que hoy es el Planetario. Igual que el gran Alumni de los hermanos Brown, base de la primera selección argentina que jugaba sus primeros clásicos ante Uruguay. Tras el partido, se servía un banquete que incluía "menús larguísimos, vinos Sauternes, jerez amontillado y champagne francés, en medio de obras de Puccini y Rossini". The Standard, el diario de los intereses británicos, agradecía en sus crónicas de los partidos a "Mrs Flowers" por haber servido el té a jugadores y asistentes. En las páginas de La Argentina, los capitanes de los más de trescientos clubes agrupados en incipientes ligas menores y creados para representar a un barrio, una esquina o una plaza, intercambiaban bravuconadas. Jugaron hasta los socialistas y anarquistas que primero lo despreciaban. Ahí está, entre otros, el flamante campeón Argentinos Juniors, fusión en 1904 de los clubes Mártires de Chicago y Sol de la Victoria. Mientras Alumni y sus rivales jugaban al fair play -escribió el historiador Julio Frydenberg- en las ligas menores se jugaba a ganar. Nacía el fútbol de los Pérez y los García. "La Nuestra". Un fútbol diferente y propio. "El fútbol -ironizó el escritor José Marial- es un deporte argentino practicado por primera vez en Inglaterra."

Nos creímos los mejores del mundo desde el inicio. Cuando Uruguay nos ganó con la prepotencia del local en la final del primer Mundial, en 1930. Cuando Italia ganó el Mundial siguiente, de 1934, "gracias" a que tenía cuatro oriundos argentinos en su plantel. Cuando faltábamos a los Mundiales en los dorados años cincuenta del fútbol argentino. O después del "Desastre de Suecia" (1958), cuando nos proclamamos "campeones morales" en Inglaterra 66. Campeones de verdad recién fuimos en el 78. De locales y con la sospecha eterna del 6-0 a Perú. Los Mundiales bajo la dictadura confirmaron la pasión popular del fútbol. Gritaron goles los cautivos en la ESMA en el 78 y también los soldados hambreados y muertos de frío en Malvinas en el 82. El poder se interesó siempre por el deporte. Julio Argentino Roca fue en 1904 el primer jefe de Estado en una cancha, cuando Southampton le ganó 3-0 a Alumni. En 1912 bajó a un vestuario para pedir, sin éxito, que los jugadores argentinos aflojaran en un amistoso ante Brasil. El primer presidente criollo de la Argentine Football Association fue en 1906 Florencio Martínez de Hoz (Sociedad Rural Argentina) y el primero de la fugaz Federación Argentina de Football fue en 1912 el abogado Ricardo Aldao (Jockey Club). Ambos miembros de la Sociedad Sportiva Argentina, algo así como nuestro primer Comité Olímpico. Su presidente, el barón italiano Antonio De Marchi, yerno del general Roca y luego seguidor de Benito Mussolini, fue el organizador en 1910 de los Juegos del Centenario. Los obreros amagaban con arruinar la fiesta con sus reclamos por una vida más digna. No alcanzaba el estado de sitio del presidente José Figueroa Alcorta. De Marchi y sus amigos de la Sociedad Sportiva integraron la Policía Civil Auxiliar convocada por el general Luis Dellepiane que la noche del 14 de mayo salió a las calles a golpear obreros, destruyó diarios y bibliotecas socialistas en el Once y quemó libros en plaza Congreso. Aún hoy se describe como un éxito a aquellos Juegos del Centenario. No opinó lo mismo el barón Pierre Fredi de Coubertin, fundador del Comité Olímpico Internacional (COI). Furioso porque se usó sin autorización el nombre "Juegos Olímpicos", expulsó un mes después al entonces miembro argentino del COI, Manuel Quintana, hijo del presidente homónimo (1904-1906). En 1907 ya había sido expulsado el notable pedagogo entrerriano José Benjamín Zubiaur, porque faltaba a las reuniones. Carecía de medios para viajar a Europa. Además, le interesaba el deporte como educación, no como espectáculo. Sí, los dos primeros miembros expulsados del COI fueron argentinos. Son historias de la Argentina secreta. Al tercero, el estadounidense Ernest Lee Jahnke, lo echaron en 1936 porque propuso boicotear los Juegos Olímpicos que el COI había concedido a la Alemania nazi.

"Perón le daría todo al deporte y el deporte le daría todo a Perón", escribió Félix Frascara en El Gráfico. Campeones mundiales de básquetbol en el Luna Park en 1950, Juegos Evita, Juan Manuel Fangio, los hermanos Juan y Oscar Gálvez, Delfo Cabrera, Osvaldo Suárez y muchos otros campeones. El peronismo fue siempre el más consecuente en sus políticas deportivas. El deporte como derecho social y manifestación cultural. Y también herramienta política. Los golpistas de la Libertadora respondieron con decretos y expulsiones. Algunos advierten ahora que un eventual triunfo en Sudáfrica de la selección de Diego Maradona podría ser aprovechado con fines electorales por el kirchnerismo. Nada nuevo bajo el sol. Diego, Fangio, Roberto De Vicenzo, Guillermo Vilas, Gaby Sabatini, Carlos Monzón, los Pumas, las Leonas, México 86 y los demás campeones no tienen dueño. Igual que Manu Ginóbili, David Nalbandian, Juan Martín del Potro y Lionel Messi, más recientes en un país que, pese a las crisis, sigue fabricando campeones. En zapatillas y pantalones cortos, próceres del Bicentenario. .

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