A las 18.15 de este viernes 28 de mayo la selección argentina vuela para Sudáfrica. Diego Maradona viaja con ellos. Datos más que obvios, conocidos y al alcance de cualquiera. Pero también en ocasiones las cosas más profundas se esconden a la vista de todos: ya nos hemos acostumbrado a saber casi en tiempo real en que anda Diego Maradona. Ya no hay sorpresivas presencias en Moscú, intempestivos viajes a Pekin o fantasmales apariciones en Madrid, siempre con tumultuosas llegadas a los aeropuertos. Tal como Diego Maradona suele llegar a los aeropuertos. Pero desde su cargo de director técnico de la selección argentina, hay una nueva versión del ex (?) jugador. Un Maradona institucional, cada vez más ajustado a su puesto. No lo han domesticado, pero sus decibeles suenan más regulados y la mecha que suele encender parece más larga. Mantiene el ritmo típico de animar una polémica por semana, tal como sucede cuando está activado. Pero esas desaveniencias lucen más sosegadas. La llegada del Mundial y el cumplimiento de todos los pasos que llevan hacia Sudáfrica hicieron que lo tengamos en el radar todo el tiempo. Maradona está en plena transición al desenlace de esta aventura que comenzó a finales de 2008. Falta el capítulo por escribirse ya en el mismo Mundial. Replegado en la Universidad de Pretoria y sobre el inicio de la generación del microclima que sumerge a la selecciones cada cuatro años.
Diego Maradona vuelve a un Mundial luego de 16 años. La última vez fue en 1994 cuando se lo llevaron de la mano. Estuvo presente en los otros pero como un inorgánico, quizás el estado natural de Maradona con momentos divertidos y otros de preocupación. Su desembarco en Sudáfrica lo pone otra vez en sintonía con la forma en que Maradona siente el fútbol. Maradona ha sido muchas cosas en su vida pública. Desde un alborotador con autoridad en los estudios y paneles televisivos hasta conductor de su propio show. Fue icono de Nápoles y estampita tatuada en la piel en el ruego de miles de fanáticos. Fue señalado y juzgado y fue perdonado decenas de veces. Pero por sobre todas las cosas, Diego Maradona fue un jugador de fútbol de mundiales. La institución Maradona en este deporte esta construído, especialmente, con ladrillos horneados en la Copa del Mundo.
Los futbolistas de estos tiempos no son eso. Son muchas cosas más además de los Mundiales. Entre otras cuestiones, emergentes de una época donde la construcción de sus perfiles abarcan el fútbol en sus clubes, el favoritismo de los chicos en los videojuegos, su veta actoral en los comerciales de las marcas y si pueden, si hay tiempo y si les da el "cuero", ratifican esas virtudes en los Mundiales. Es bueno saber que si Maradona hubiera habitado estos tiempos de tareas repartidas entre el deporte y las acciones fuera de la cancha, tendria que haber respondido a los códigos de la época. Seguramente lo habría canalizado con su estilo y sus particularidades. De hecho lo hace cada tanto como en su campaña para Louis Vuitton y el emotivo comercial de Swiss Medical donde, por si a alguien no le quedaba claro, reafirma su naturaleza de embarcarse en desafíos sin treguas. El mensaje es que Maradona como exponente de la historia del fútbol en un momento dado, fue el que más intensamente lo jugó y lo experimentó. Fue lo máximo que se podía ser en ese instante de gloria. Esa conexión que va del medio tono a la trascendencia es la que la fantasía colectiva espera que se produzca: que Maradona haga entender la diferencia entre jugar un Mundial y ganarlo.
Maradona va al Mundial como Maradona. No es un director técnico consumado y en su cuerpo todavía habita el jugador. En la despedida contra Canadá en el Estadio Monumental se pudo observar un habito de Maradona desde que dirige a la selección. Cada vez que puede, cada vez que se da, ocupa un lugar en el campo de juego. En el cesped. Lo hace durante la entrada en calor, para reprocharle algo al árbitro al término del primer tiempo y para buscar a sus jugadores cuando termina el partido. Maradona se va de la cancha como los futbolistas. Otro dato evidente escondido a la vista de todos: Maradona jamás dejó de ser jugador aunque suponíamos que en este tránsito desde la celebridad a la dirección técnica eso iba a suceder. No pasó.
Diego Maradona, sin embargo, llega al Mundial alejado de aquel conductor exaltado del cierre de las Eliminatorias. Su última efervescencia mediática pudo haber sido cuando dio la lista de 23 jugadores. La desprolija y escandalosa organización de la gira cancelada por Dubai pareció llevarse su última ira. Las polémicas y el debate lo definen y lo acompañan. Su estigma es su identidad.
La vuelta de Maradona a un Mundial tal vez lo ponga en otra sintonía y termine de moldear su estilo de conducción. Con las paradojas del caso, Maradona fue uno de los futbolistas-trofeo que la FIFA pudo exhibir como producto de los Mundiales. A ese lugar retorna. Como el jugador que nunca dejó de ser y como el técnico menos convencional que pueda tener cualquiera de las 32 selecciones que participarán en Sudáfrica 2010.