JOHANNESBURGO.- Róbson de Souza es Robinho. Su sonrisa inmaculada dibuja un estado de ánimo que se contempla dichosamente en un ambiente en el que fútbol es sinónimo de felicidad. Acepta gustoso un retrato con una mujer y saluda amablemente al perderse por uno de los pasillos del laberíntico Randpark Golf Club, el refugio mundialista de la selección brasileña en Randburg.
"Brasil tiene que ir al frente, jugar al fútbol y ganar, pero siempre hay que jugar con alegría", dice uno de los jugadores favoritos e infaltables en cada convocatoria de Dunga. Robinho y Luis Fabiano son los dos hombres que más veces fueron citados por el entrenador.
Es saludable la sentencia de Robinho sobre la manera de interpretar el juego que adoptan los brasileños. Sin embargo, da la sensación que de Brasil siempre se espera un poco más. El público suele ser más exigente con Brasil que con cualquier otro equipo. Jamás alcanza con el resultado o con algunos minutos de juego asociado y creativo. Ni siquiera con 15 minutos arrolladores, como los que hoy le alcanzaron para vencer 3 a 0 a Zimbabwe. En un partido amistoso tan útil para la preparación mundialista como para engordar los bolsillos de la federación brasileña, que embolsó 1.500.000 dólares, Robinho marcó el segundo tanto de su selección y así alcanzó su 24 conquistas con la camiseta amarrilla y verde.
Tras una temporada algo errática e interrumpida, Robinho ha decidido abandonar Manchester City, que había pagado por él, en septiembre de 2008, unos 65 millones de dólares después de tres temporadas en Real Madrid. Fue una transferencia récord. La decisión de regresar a Santos encuentra una explicación más personal que futbolística. Robinho afirma que necesitaba de la calidez de su hogar para recuperar alegría y entusiasmo y llegar a Sudáfrica con el mejor de los ánimos. Una razón a la que comúnmente recurren los futbolistas sudamericanos que no logran adaptarse a otro hábitat.
"Estoy feliz con la decisión de volver. Me siento bien físicamente, y por eso creo que puede ser un gran Mundial para mí. Quiero ser el mejor y ganar la copa, ser campeón", dice con personalidad este muchacho de 26 años nacido en San Vicente, un suburbio brasileño cercano a Santos.
En Brasil la determinación de Robinho no cayó del todo bien. Algunos periodistas consideran apresurada su salida del fútbol competitivo de Europa. Quizás, sus 26 años lo condicionen para otra oportunidad en el Viejo Continente. Tal vez, a algún argentino le recuerde esta situación cuando se concretó el regreso de Juan Román Riquelme tras su ruidosa polémica en Villarreal, de España.
Se defiende Robinho: "La decisión fue buena, y estoy feliz. Asumo la responsabilidad y sé que vamos a hacer un gran Mundial. Y que yo también tendré un gran Mundial".
El pronóstico de Robinho puede respaldarse en escenas fuertes de la memoria: las dos copas de las Confederaciones que celebró con Brasil, la Copa América de 2007, que lo tuvo como gran figura y goleador, o, retrocediendo aún más, cuando fue distinguido como el mejor juvenil del mundo en 2005.