CIUDAD DEL CABO.- Los pasos se hunden en una superficie con mezcla de arena y tierra. Las nubes invaden detrás de la montaña. El silencio sólo se interrumpe por las gaviotas. Chama, el guía, levanta la vista y parecen caerle encima los siete años que estuvo preso en Robben Island. La llegada de cualquier visitante lo deposita entre 1975 y 1982, cuando estuvo tras las rejas en un lugar que, incluso hoy vacío, intimida.
El Mundial intentará darle un sentido colorido y festivo a la ciudad, que cobijará el primer choque entre Uruguay y Francia (el 11, por el Grupo A), pero la cárcel de Robben Island le hizo tanto daño a la sociedad sudafricana que es un símbolo del pasado que estará siempre presente para condicionar el futuro. Representa lo que no hay que hacer. "La lucha de Mandela no fue en vano. Gracias a él, ahora somos hombres libres", confiesa Chama. Robben Island fue una prisión de los detenidos políticos del régimen del apartheid, entre los que estuvieron Nelson Mandela, Walter Sisulu y Goran Mbeki, entre otros.
Chama es el apodo de Ntando Mbatna, de 51 años, aunque su aspecto lo ubica con una mayor experiencia aún. Su mirada, sus hombros caídos, su voz tenue, todo habla por él. Fue compañero de cárcel de Mandela, aunque nunca charló con el líder; apenas lo vio desde la ventana de su celda caminando por los patios de la prisión. Nació y vivió en Puerto Elizabeth, donde fue arrestado simplemente por ser de otro color.
"Vemos realizado el Mundial. Está bien que la gente venga y haga preguntas, que tome conciencia de lo que pasó. Igual, sabemos que el torneo no deja de ser un negocio para Sudáfrica también", comenta Chama a pocos metros del terreno de juego que lo vio moverse como lateral izquierdo: "Reconozco que no era muy bueno jugando al fútbol", agrega el hoy el guía turístico que tenía como espectador a Mandela, ya que no lo dejaban jugar y apenas se limitaba a mirar por una ventanita del sector B. "Lo que pasó" fue el apartheid, el régimen de segregación racial impuesto en Sudáfrica por colonizadores ingleses y que tomó fuerza desde 1948.
Los días eran rutinarios, monótonos. "Nos levantábamos, desayunábamos y teníamos 30 minutos a la mañana para hacer ejercicios en el patio. A la tarde otros 30 minutos. Pero lo que esperábamos con desesperación eran los partidos de los sábados. No le puedo contar con la excitación y la alegría que lo esperábamos. Era en el único momento en que nos sentíamos libres. Además, se vivían con más expectativa que un Argentina-Brasil. Y sea cual fuere el resultado, se hablaba y se debatía una semana". Esta última frase fue el único momento de las dos horas de caminata y explicaciones en que su rostro ensayó una sonrisa. Pensar que el apartheid les diera una pelota de fútbol fue uno de los pocos triunfos de los reclusos. Los pedidos que ponían en una caja, en busca de una mejor alimentación o ropa de abrigo, no tuvieron el curso que sí generó el fútbol.
"Mientras estuve preso, tenía la esperanza de recuperar la libertad. Especialmente en la década del 80, cuando intuíamos que el apartheid se acabaría en nuestro país", sostiene Chama, que, inquieto, contaba los pasos cuando estaba encerrado. Ocho de ancho por siete de largo, una cama que no era cama (ni siquiera colchón), apenas un banquito para sentarse a leer con la poca luz que ingresaba entre los barrotes. Mandela, el preso 466-64, estaba ubicado en la 6» sala de las 17 que daban a un pequeño patio del sector B, donde por la ventana sólo podía observar algún picado de fútbol o tenis, pero al cabo más cemento y alambres de púa.
Ya antes de subir al barco que me traslada a la isla, el primer piso del museo, ubicado en Waterfront, presenta imágenes impactantes, como el cuadro de Mrs. Mzimela con las balas que mataron a su esposo en su mano, el 7 de junio de 1998 en Near Wsikhaweni, Kwazulu Natal. Gente que llora no sólo cuando ve las fotos donadas por Jillian Edelstein para el museo, sino también en la sala contigua cuando observa un DVD con relatos de una época no tan lejana, llena de discriminación y racismo.
Joseph Blatter, presidente de la FIFA, le dio mucho crédito a Mandela por la organización de este Mundial y el ex presidente recibió con gusto al plantel de Sudáfrica en Johannesburgo para desearles suerte. Más allá de su conocida historia con el rugby y los Springboks, así lo habrá soñado Mandela también con el fútbol. Próximo a cumplir 92 años, el hombre que vio aquella cancha de fútbol de tierra y arena, con alambres de púa detrás de las redes negras, ve el cambio a estos escenarios con pasto inmejorable y arcos con redes del presente. Con una sociedad unida y encolumnada ahora por otro deporte. Con el poder y la satisfacción que ese cambio les genera.
1991 es el último año en que funcionó Robben Island. La cárcel está ubicada en Table Bay, a 11,5 kilómetros y 35 minutos de barco respecto de Ciudad del Cabo. La isla es prácticamente redonda, con un diámetro de aproximadamente un kilómetro; es plana y se eleva unos pocos metros sobre el nivel del mar.