DURBAN.- Es un ambiente soñado: 25 grados, sol, arena y las olas del Índico que rompen en la orilla. Una pantalla gigante con sonido de alta fidelidad muestra cómo Holanda derrota a Dinamarca en su duelo de primera ronda. Huele a curry y a cada paso se ofrecen cerveza y gaseosas. No más de 200 turistas y otros tantos locales disfrutan el partido desperdigados por la playa, cómodos, en un espacio pensado para albergar a 40.000 personas.
Lo mismo pasaría más tarde, durante Camerún-Japón. Y sólo con Italia-Paraguay, de noche, el imponente Fan Fest de Durban tomó algo de color. Escenas parecidas pudieron verse los días anteriores en los espacios públicos para ver el Mundial en Johannesburgo: grandes parques y plazas casi desiertos, rodeados de comerciantes aburridos de esperar clientes.
Sólo cuando debutó Sudáfrica hubo afluencia masiva a los recintos al aire libre que la FIFA abrió en todas las sedes del torneo. En Alemania 2006, el invento de los Fan Park cambió la forma de ver el Mundial; su versión sudafricana refleja hasta ahora los inconvenientes que ha tenido la organización de la copa para captar turismo internacional a gran escala.
De los 500.000 visitantes que en algún momento se esperaron, las últimas estimaciones hablan de una afluencia menor a 200.000. La crisis económica en Europa, los altos costos de los pasajes y las grandes distancias entre las sedes son algunos de los motivos a los que aluden los operadores turísticos para explicar el panorama.
Durban es uno de los principales destinos turísticos de Sudáfrica, con sus playas de postal y su clima cálido todo el año. Para el Mundial, estrenó el estadio más espectacular del país, el aeropuerto fue puesto al máximo nivel mundial y su zona costera reluce de punta a punta. ¿Y los turistas?
"No sé dónde están. Habíamos esperado tanto este momento?" Mohammed Bachoo está acodado en el mostrador de su tienda de artesanías en el mercado de Victoria Street, el punto neurálgico del barrio indio de Durban. Abre un cajón del mostrador y saca unas banderas argentinas. Tiene más de otros países. "Todos compramos mercadería para el Mundial, pero fíjese? Nada", dice. Al fondo, mudo, un televisor de 14 pulgadas pasa Camerún-Japón.
El olor a especias nubla los sentidos. A lo largo de los dos pisos del mercado, los vendedores se abalanzan sobre cualquier persona que pase por turista. "Ayer, antes del partido que se jugó acá, vinieron algunos alemanes. Tal vez los españoles empiecen a llegar", se consuela Samira, una vendedora de los condimentos más exóticos, con nombres tan sugestivos como "mata suegras" o "curry del diablo".
Fuera del mercado, Durban surge como un mosaico de razas y culturas. La capital de KwaZulu-Natal, el reino de los zulúes, incluye la mayor población india fuera de Asia, tiene una enorme comunidad musulmana y atrae durante el día a agricultores de las zonas rurales que, con sus ropas y sombreros coloridos, recorren las calles ofreciendo sus productos.
Unas avenidas enormes, puestas a nuevo y vigiladas por cientos de policías, llevan hasta la playa, el corazón turístico de Durban. Por la noche, el partido de Italia-Paraguay convocaba a un buen número de jóvenes extranjeros en el Fan Park. En su mayoría de Suiza y España, los próximos equipos que jugarán aquí. Pero aun así distaba de aquellas imágenes de multitudes al aire libre a toda hora de Alemania 2006.
En Johannesburgo los claros en los Fan Park son más notables en las noches. La inseguridad creó hábitos prudentes. Y la mayoría de los visitantes opta por apiñarse en los centros comerciales, donde los partidos se pueden ver en los bares.
Según admitió la Cámara de Turismo de Sudáfrica, los movimientos turísticos internos son menores que lo esperado. La gran mayoría de los turistas pasa por Johannesburgo y Ciudad del Cabo, las ciudades con más partidos, y se asegura los viajes a los estadios donde juegan sus equipos.
Pero a falta de una invasión de turistas son los sudafricanos los que llenan de pasión el Mundial. Es un fanatismo que cruza a todos, los que siempre adoraron el fútbol y los que jamás habían visto un partido ni por televisión. Compran de a millones las camisetas amarillas de sus Bafana Bafana, no se despegan de la vuvuzela ni para ir a trabajar y logran llevar hasta el 90% la cantidad de entradas vendidas para todo el torneo.
"Esto es lo más grande que nos pasó. Será una fiesta imposible de olvidar", decía anoche Rampan Bhatia, un chico de origen indio, vestido con la camiseta amarilla de rigor, mientras miraba el final de Camerún-Japón en el Fan Park y terminaba de aprender las reglas de un deporte que, desde hace cinco días, lo tiene enamorado.