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Los reyes magos


Por Ezequiel Fernández Moores
Para LA NACION 

20 de Julio de 2010 - 22:56
Fotos | Sebastián Domenech

El último domingo por la tarde, una semana después del Mundial, seis niños jugaban al fútbol, tres contra tres, en la calle Moema, a metros del museo de Mandela, en Vilakazi Street, barrio de Soweto. Muy cerca de allí, el Soccer City, el estadio donde el domingo anterior España se había coronado nuevo campeón mundial, estaba vacío. A la espera de su próximo gran acontecimiento, el test match que jugarán el 21 de agosto las selecciones de rugby de Sudáfrica (Springboks) y Nueva Zelanda (All Blacks) por el torneo de las Tres Naciones. Los organizadores anunciaron que finalmente sacaron de la venta los cinco mil boletos que habían rebajado al precio de 12 dólares para que también los ciudadanos de Soweto pudieran asistir al partido. Habrá 90.000 espectadores, todos blancos, acaso un centenar de negros. Estará prohibida la vuvuzela. Y el estadio no se llamará más Soccer City.  

El First National Bank, que quiere hacer valer su contrato hasta 2014, anunció que el Soccer City retomará su viejo nombre de FNB Stadium. Pero Stadium Management South Africa, la nueva compañía que explotará el escenario, dijo, sin embargo, que el nuevo nombre del Soccer City será National Stadium (Estadio Nacional). El rugby acepta mudar su templo de Ellis Park a Soccer City, pero su patrocinador, Absa, otra banca poderosa, no quiere que los Springboks jueguen en un estadio que lleve el nombre de su principal competidor. Permanecer en el país sede después de la fiesta, cuando ya se fueron todos los invitados, permite ampliar la mirada. Los niños de Soweto siguen jugando fútbol en la calle Moema. Uno de ellos, con camiseta italiana, patea fuerte, y la pelota, no precisamente una Jabulani, cae en una casa vecina, a metros nomás del Museo de Mandela. El patriarca, frágil de salud, festeja esa misma tarde su cumpleaños número 92. Toda Sudáfrica celebra el "Mandela Day". Los sudafricanos, y buena parte de la comunidad internacional, se comprometen a cumplir ese día 67 minutos de una acción de bien común. Homenajean de ese modo los 67 años de lucha contra el apartheid de Mandela, 27 de los cuales los pasó en prisión.  

En Hyde Park, otro barrio de Johannesburgo, en el museo Orpheo Twins, hay un cuadro con Mandela muerto. La imagen impacta. Muestra lo que los 50 millones de sudafricanos saben que ocurrirá algún día, y acaso no muy lejano, pero prefieren no imaginar. Yiull Damaso, un joven artista blanco de la ciudad, pintó a un Mandela que yace muerto, mientras prominentes figuras de la política sudafricana miran atentamente el cadáver. Es una copia de La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, un cuadro que Rembrandt pintó en 1632. El doctor Tulp da una lección de anatomía a un grupo de cirujanos con el cadáver de un asesino que había sido ahorcado ese mismo día. En el cuadro de Damaso, la lección la da Nkosi Johnson, un médico ya fallecido que había sido tomado casi a burla cuando hace muchos años alertó sobre el drama del sida en Sudáfrica. El único que no mira al cuerpo que yace es Thabo Mbeki, el presidente que siguió a Mandela, en medio de rumores de fuertes diferencias entre ambos. "Es de mal gusto, un insulto a los sudafricanos", afirmó sobre el cuadro el Congreso Nacional Africano en el poder (CNA). "Es que nadie, especialmente aquellos que hoy se sostienen públicamente gracias a su figura, puede aceptar que Mandela no estará por mucho más con nosotros", escribió Janet Smith en Saturday Star .  

También el escritor inglés David James Smith se animó contra el mito. Young Mandela ( Joven Mandela ), su reciente libro, que está enojando a muchos sudafricanos, trata sobre el Mandela previo a la prisión. Cuenta que el padre de Mandela, lejos de ser castigado por enfrentar a un juez blanco, como dice la biografía oficial, fue condenado porque hizo negocios personales con tierras de su tribu. Hay una primera esposa, ya fallecida, que denuncia violencia e infidelidades varias de Nelson Mandela. El hijo mayor que jamás quiso visitarlo en la prisión y se mató en un accidente de auto. Y el menor que lo acusó de autoritario y distante y murió en 2005 por el virus del sida, tras sufrir alcoholismo. "Es bueno que alguien presente a Mandela como un hombre normal, con sus puntos vulnerables, y no como un semidios, como lo vemos desde hace tiempo en Sudáfrica", escribió Patrick Lawrence, crítico, en cambio, de otros libros y de films que "canonizan" a Mandela, entre los cuales cita a Invictus , la película de Clint Eastwood "que lo presenta como un Mesías", afirma.  

La última aparición pública de Mandela fue una hora antes de la final del Mundial. Reviví la emoción que sentí cuando vi a Muhammad Alí encender el pebetero en la fiesta de apertura de los Juegos Olímpicos de Atlanta ?96.  

Mandela es un "talismán nacional". Es "el Moisés de la Biblia ", lo definió este sábado el presidente sudafricano Jacob Zuma. Apenas terminó el Mundial, debutó en la cartelera teatral de Johannesburgo una obra de cuatro horas que trata sobre el juicio durante el régimen del apartheid que envió a Mandela a prisión ( Rivonia Trial ). En Pretoria, donde concentraba la selección argentina, comenzó el rodaje de un film sobre la vida de Winnie Mandela, la polémica segunda esposa de Mandela. En el vuelo de retorno a Buenos Aires, hay un mensaje sobre el "Mandela Day" en cada asiento del avión de South African Airways. También proyectan Invictus . "Convictus", ironiza en cambio una viñeta en un diario. Dibujado en su traje de prisionero aparece Jackie Selebi, un peso pesado del CNA, ex jefe de policía, condenado por corrupción en pleno Mundial. Y no es el único caso.  

"La prensa que se callaba durante el apartheid exagera ahora los casos, pero creo que el CNA, que está dominado por la derecha empresarial, terminará dividiéndose", avisa Denis Goldberg, blanco, viejo compañero de lucha de Mandela y duro crítico de que el país no haya podido afrontar aún cambios que alivien la pobreza de la mayoría negra. "Madiba Magic", publicó en portada el popular Sun . Sudáfrica jugaba ese día su clasificación a octavos de final. "Madiba" es uno de los tantos apodos de Mandela y remite a un viejo jefe thembu , su tribu. "Magic" es por la "magia" de Mandela, el Mesías no sólo político, sino también deportivo, porque su presencia, decía el artículo, fue clave para que los Springboks ganaran a los All Blacks la final del Mundial de rugby de 1995. Pero no hubo magia en el Mundial de fútbol. Los Bafana Bafana se convirtieron ese día en la primera selección anfitriona eliminada en primera rueda en la historia de los Mundiales.  

"A nadie le gusta descubrir que los Reyes Magos no existen", me dicen en Sudáfrica. No hablan de Mandela. Hablan de Diego Maradona. Ojalá que el Mundial de Sudáfrica y todo el proceso previo dejen lecciones para la segunda etapa que parece avecinarse. Si la "magia" de Mandela o de Maradona no bastó para evitar las caídas de los Bafana y de la Argentina, el Rey Mago que sí triunfó en Sudáfrica fue Joseph Blatter. En pleno torneo, y sin espacio o interés para que la prensa mundial publicara la noticia, la FIFA de Blatter puso fin a uno de los mayores escándalos de corrupción en la historia del deporte. La acusación en sede judicial de que ISL, la quebrada empresa de marketing de la FIFA, había pagado más de cien millones de dólares en sobornos a dirigentes del deporte. La justicia suiza aceptó poner punto final al juicio luego de que la FIFA restituyó al tribunal 4,9 millones de dólares, sin que ello, por supuesto, implicara aceptar responsabilidad criminal.  

La FIFA destina a planes sociales unos seis millones de dólares anuales. Fue emotivo, cuentan quienes estuvieron en el lugar, el emprendimiento FIFA Football for Hope (Fútbol para la esperanza) que comandó el marplatense Federico Adiechi en la pobreza de Alexandra, uno de los barrios más marginales de Johannesburgo, en el que Mandela supo vivir con apenas dos libras mensuales, a pan y agua fría, en 1941.  

No mucho ha cambiado desde entonces. Los niños de Alexandra jugaron su propio Mundial, igual que los que vi el domingo pasado en Soweto. "El fútbol nos unía", me contó unos días antes Sipho, mi guía en la isla ex cárcel de Robben Island, donde los presos se rebelaron hasta que las autoridades del apartheid les permitieron jugar. Mandela, que pasó 18 de sus 27 años en la "Alcatraz sudafricana", en una cárcel de 2,5 por 2,1 metros, aprendió allí la capacidad de movilización del fútbol. La pelota ayudó a sobrevivir en Robben Island. Y sigue ayudando en Soweto o Alexandra. Donde hace ya tiempo que dejaron de creer en los Reyes Magos.  

 
 
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