Fueron responsables del ciclo más importante del seleccionado argentino, desde 1983 hasta 1990. Ni antes ni después hubo un trípode dirigente-entrenador-jugador más determinante. Julio Grondona gestionaba. Carlos Bilardo dirigía. Y Diego Maradona jugaba como nadie. Eran los Reyes del Mambo, un núcleo inseparable. Los tres respondían y se defendían con fiereza ante cualquier crítica. Bilardo le dio la capitanía a Diego y lo consideró el único imprescindible de su equipo. Cuestionada en su momento, fue la mejor decisión deportiva de su carrera. El 10 aprovechó esa confianza y nos regaló ese maravilloso junio de 1986.
El entrenador casi no llega a México. Una iniciativa del gobierno de Raúl Alfonsín, a través del Secretario de Deportes, estuvo a punto de removerlo del cargo. Allí apareció Grondona para respaldarlo enfáticamente. Fue la mejor decisión directiva de su carrera. La consagración en el Estadio Azteca cambió sus vidas para siempre. Diego se convirtió en el mejor del mundo, con un lugar en el Olimpo. Bilardo pasó a integrar la élite de los entrenadores y su sistema 3-5-2 se impuso como modelo de la época.
En 1988, Grondona llegó a la vicepresidencia de la FIFA, con presencia dominante. Desde la cancha, desde el banco y desde el escritorio, gobernaron hasta el 8 de julio de 1990, día del 0-1 ante Alemania en la final del Mundial de Italia.
Nunca más volvieron a ser lo que fueron. Diego jugó hasta octubre de 1997. Con dos suspensiones por doping, su conmovedor "me cortaron las piernas" y el golazo a Grecia como la última gran alegría, hubo muy poco lugar para la magia en sus últimos siete años. Bilardo dirigió sin éxitos a Sevilla, a Boca, a Estudiantes y a la selección de Libia. Fue precandidato a presidente de la Nación, tuvo un programa de TV al estilo "Los Benvenutto" como actor principal y, hace cuatro años, terminó pegándole piñas a un león de plástico bautizado Marulo en el IBC de Alemania. Grondona se apoltronó en su sillón de la FIFA y abandonó la AFA. Aumentó y perpetuó su poder sometiendo a los clubes, pero no hizo nada para renovar las obsoletas estructuras del fútbol argentino.
Se acusaron de las peores cosas. Se pelearon, se amigaron, se volvieron a pelear, se unieron por conveniencia. Le quitaron el valor a sus palabras. "Cuando se vaya Grondona, se solucionarán todos los problemas del fútbol", dijo Bilardo en 2007. "A cierta edad es mejor callarse algunas cosas", le había espetado el presidente en 2005. Maradona, que siempre tendrá la diferencia a favor por haber jugado, los sacudió y se reconcilió con ellos varias veces.
Tan pendiente del archivo, el Doctor queda muy expuesto con el "si Diego se va, me voy con él", modelo abril 2009. Del "Maradona puede hacer lo que quiera" al "era necesario hacer cambios" del mismo Grondona, pasó apenas una semana. Diego aprovechó estas evidentes contradicciones para jugarla de torero y meter sus dos estocadas. Pero no hizo autocrítica y volvió a victimizarse.
Pasaron 20 años. Grondona ya no gestiona. Bilardo ya no dirige. Maradona ya no juega. Los Reyes del Mambo ya no bailan. No paran de hablar, como si eso pudiera devolverle los lugares que no pueden ocupar. Están saboteando la obra que supieron construir. Hoy son responsables del momento más penoso del seleccionado argentino.