La obligación la impone la historia. La necesidad la impone la estadística. Obligados y necesitados, entonces, como pocas veces antes y como casi nunca juntos, Boca y River afrontan el torneo Apertura 2010 con la reconstrucción como lema.
Hay que retroceder más de una década, hasta antes del comienzo de su formidable época hegemónica, para encontrarse con un Boca con tanta escasez de títulos y resultados como el del último año y medio. Es cierto: también en 2002 vivió una temporada sin festejos, pero aquella vez le peleó palmo a palmo el campeonato a Independiente (prácticamente definido la tarde del cabezazo de Pusineri, tan recordado como los goles perdidos por el Mellizo Barros Schelotto y Delgado) y lejos estuvo de penar como ha penado en el último año y medio, coronado de espinas con la peor campaña de toda su historia. Aquella vez, se trató apenas de una transición. Esta vez se trata de volver a empezar. Eso es la Era Borghi, un nuevo comienzo, con la llegada de una defensa totalmente nueva en estilo y en nombres (Caruzzo, Cellay, Insaurralde, más el regreso de Clemente) y una continuidad muy particular de hombres monumento: Battaglia es prácticamente un refuerzo, Riquelme jugará recién cuando se recupere y Palermo lo vivirá casi como un año de homenaje.
Hay que hurgar y hurgar en la historia de River para encontrar un apremio tan grande como el que sufre en este torneo, pero será difícil encontrarlo. Quizás aquella temporada en la que desfiló al borde del abismo se le parezca; aquello fue justo cuando nacían los malditos promedios y hoy son ellos los que lo acechan. Y no hacen más que potenciar obligaciones, necesidades, urgencias, todo junto. Passarella eligió a Angel Cappa para conducir ese barco en las aguas más encrespadas, subiéndose él también y desechando otras opciones que lo hubieran dejado relativamente más a salvo, como hubiera sido darle el mando al popular y populista Ramón Díaz. También hubo muchos cambios en su plantel, aunque sigue siendo Buonanotte la mayor esperanza.
La dispersión en la competencia internacional no será una excusa: después de más de 20 años, ninguno de los dos jugará nada a nivel continental, una señal más de sus pésimos antecedentes inmediatos.
Argentinos, Banfield, Vélez, han sido los últimos campeones. El orgullo, por eso, bastaría para movilizar a Boca y a River. Pero ahora hay más razones para su reconstrucción: están obligados y la necesitan.