Cuando llegó la hora del todo o nada, a la selección argentina pareció caérsele encima la responsabilidad de los 24 años de frustraciones mundiales. Ese enorme peso le agarrotó las piernas, le nubló la cabeza, la trabajada Alemania de Löw le quebró el espíritu y la convirtió, de pronto y en cuestión de minutos, en un equipo del montón, el que se percibía a pesar de los partidos superados de la primera etapa; el que no se esperaba, por supuesto, por el nivel con el que llegaban los futbolistas argentinos, y el que ni siquiera se imaginaba a partir de contar con Lionel Messi en el equipo. Al percibir el escenario, el mejor jugador del mundo no pudo hacer lo que todos querían que hiciera y su talento no alcanzó para corregir, al menos en parte, lo que parecía no tener solución, porque la tragedia futbolera se respiraba en el ambiente del Green Point, de Ciudad del Cabo.
Los días vividos en Sudáfrica son difíciles de olvidar para el crack argentino. La ilusión personal era más fuerte que los puntos flojos de los que podía agarrarse para levantar la voz. Algo que muchos le exigen, especialmente los que pretenden que alcance la magnitud que alcanzó Diego Maradona como futbolista. Producto de otra generación, es más reservado e introvertido; como muchos jóvenes de su edad, se limita a su mundo y habla lo justo y necesario. Una cuestión que también se le cuestiona.
Con frecuencia, hechos mínimos adquieren una dimensión de grandes titulares a partir de interpretaciones distintas y se las recibe según la carga personal que se acumula alrededor del personaje. Una declaración que trascendió en el despliegue periodístico de esta semana tuvo un hondo valor descriptivo: el muchacho aceptó una inquietud periodística y la respondió, y entonces se abrió el abanico de especulaciones. "No esperaba que Diego se fuera; quería y creía que se iba a quedar", dijo primero en una conferencia de prensa, en Pekín. "Está Batista. Puede ser la oportunidad para dejarlo que siga y que afronte este nuevo reto y lo que viene", agregó después. Y enseguida aparecieron las suposiciones, las finas y las no tanto, del tipo: no lo respalda y no lo quiere a Diego, por eso banca al Checho .
Tal vez no sea tan lineal la cuestión. Quizá nunca le quedó claro por qué Maradona no atendió sus pedidos por Gabriel Milito y Esteban Cambiasso, y por el estilo de juego, en aquella reunión de Barcelona, pero la relación entre Diego y la Pulga mantuvo el horizonte, incluso pese a los cambios de ánimo de su compañero de habitación en Pretoria, Juan Sebastián Verón. Por Sergio Batista tiene un grato recuerdo de los Juegos Olímpicos de Pekín y si está cómodo con él es algo que se comprobará en la cancha. De ahí a decir que es su técnico preferido hay una distancia.