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Turquía sufrió el coraje argentino


En un partido que parecía ser una derrota, el corazón de la Generación Dorada logró lo impensado: igualar y luego vencer en el suplementario. Por Miguel Romano / LA NACION  

24 de Agosto de 2010 - 00:09
FotosDelfino encara el aro con convicción; el talento del santafecino fue clave para la Argentina y le valió el MVP | Fernando Massobrio - Enviado especial

Por Miguel Romano
LA NACION
 

ANKARA.- Oficio, temple, corazón, carácter, mentalidad ganadora. Los calificativos de siempre, los que lleva marcados en el orillo la Generación Dorada, se revivieron anoche aquí, pero esta vez con el agregado de una enorme adversidad. Como para redondear otro triunfo increíble, tan extraño como épico, impensado dos minutos antes del final del tiempo reglamentario. Así, la selección nacional se llevó otra copa de un torneo importante, como hace dos años se quedó con la Diamond Ball, allá en Nanking, antes de los Juegos Olímpicos.  

En esta oportunidad, sin Chapu Nocioni, preservado por su esguince de tobillo. Frente a 10.000 hinchas locales y ante un seleccionado turco que pretende pelear el título Mundial que comenzará el sábado próximo. También sin Luis Scola, que se retiró por cinco faltas 10 minutos antes del final. Con problemas para rotar a los suplentes por las limitaciones físicas de Fabricio Oberto, Pancho Jasen y Román González, que no pudieron jugar muchos minutos. Y, por si faltara algo, frente a la circunstancia adversa de un arbitraje bastante localista.  

Pese a todo, con la corriente en contra, exigiendo al extremo a los sanos, la Argentina obtuvo anoche en el Ankara Spor Salonu la novena realización de la Copa Efes Pilsen al vencer a Turquía, en tiempo suplementario, por 93-89, tras igualar en el período regular en 81 puntos. Una enorme alegría que los jugadores tomaron con mesura, sin euforias, como restándole importancia, porque su objetivo está más allá, en el Mundial.  

El único que rompió la calma fue, cuándo no, el Chapu Nocioni, que desde el medio del podio les gritaba a los operadores de la máquinas lanzapapeles: "¡Out, out; stop, stop!", porque era tanta la cantidad de cintitas celestes y blancas que caían que los campeones no se divisaban detrás de la espesa cortina de cotillón.  

Un triunfo que abre la perspectiva para varios análisis. El primero permite comprobar que el temple está intacto, que el apetito leonino aparece cuando tiene que aparecer, en las situaciones de mayor dificultad, como ayer, cuando el partido estaba perdido. Con el tanteador 78-71 a favor de los turcos y a 1m20s del epílogo, no había esperanzas, excepto para ellos.  

Un triple de Leo Gutiérrez levantó a los suplentes y pareció complicar anímicamente a los locales. Dos lanzamientos cómodos fallados por Turquía abrieron la puerta de ingreso a la hazaña. Dos tiros libres de Carlos Delfino (30 puntos y 8 rebotes), el goleador y MVP del torneo y en su mejor versión en la selección, más una reposición de abajo del aro del gran estratego Pablo Prigioni (9 y 13 asistencias) para Pancho Jasen hicieron el milagro. Empate y a otra historia.  

El seleccionado local sintió la presión, le pesaron el miedo y la responsabilidad de no haber cerrado el resultado y los argentinos sacaron de su interior el instinto de tiburones. Olieron sangre y fueron por la presa malherida. Lo ganaron de arrebato, inesperadamente, de la manera más hermosa que existe en el básquetbol. Pero no es nuevo para ellos. Porque lo intentaron muchas veces y lo consiguieron.  

Otro análisis indica que, más allá del resultado, el choque ante un rival poderoso, desgastante por la estatura y el peso de sus mastodontes , que complicaron mucho bajo el aro, enterrando varios balones, sirve para comprobar que la estructura y el funcionamiento están intactos. Que la defensa sabe fajarse y rasparse. Que el corazón valiente bombea como siempre.  

Pero, colocando laa mirada más lejos, a pocos días de jugar un exigente Mundial, con partidos todos los días, se abre un interrogante, porque la selección nacional necesita relevos en buenas condiciones. Y para eso hay que poner en plenitud física a aquellos que sufren problemas. Un partido se puede ganar con siete u ocho jugadores, pero no un Mundial.  

De todos modos, en lo anímico, en el aspecto motivacional, un éxito conseguido de esta forma es un cimiento profundo y fuerte que empujará mucho más en estos pocos días que quedan para empezar a desandar un gran sueño.  

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