Schwank y Zeballos, felices, chocan las palmas; lograron un éxito trascendente en el estadio Arthur Ashe - AFP Por Ariel Ruya
Enviado especial
NUEVA YORK.- Horacio Zeballos, a la izquierda, Eduardo Schwank, a la derecha. Recostados en su silla, piernas estiradas. "Antes de los partidos, planificamos todo. Tenemos todo bajo control", desafía Zeballos. "¿Qué? No embromes", lanza Schwank y la risa compartida se extiende en el cuarto. Se ríen todos, ellos, los periodistas, los organizadores. Es una risa genuina, felicidad plena que parece escapar al círculo magnífico de Flushing Meadows. Como si se transportara en el aire. "En serio, es verdad. Estudiamos al rival", insiste Cebolla. Pero el Gordo no puede con su genio: lanza otra carcajada. "No puedo creer lo que estoy escuchando?", susurra. Los chicos argentinos son, principalmente, dos aventureros de la diversión. Viven juntos, juegan juntos, sueñan juntos. Espían la serie de la Copa Davis contra Francia con una actuación exquisita en el arte del dobles que le gusta a la gente. Son semifinalistas del último grande de las raquetas, luego de superar al polaco Lukasz Kubot y al austríaco Oliver Marach, quintos en el mundo, por 6-3 y 7-6 (7-3). Rohann Bopanna, de India y Aisam Ul Hag Qureshi, de Paquistán, serán sus próximos adversarios (hoy, no antes de las 16 de la Argentina). Pero esa será otra crónica. La de hoy, esta historia, es la reseña de dos tipos ocurrentes que pueden ser influyentes en el juego contra Francia. Y mientras, hacen historia.
"Fuimos viendo qué pasaba. Por mi tobillo, sobre todo. Una prueba, otra y empezamos a ganar, así que?", cuenta Schwank, pero Zeballos lo interrumpe: "No tenía nada, era el problema de su cabeza, nomás?". Más risas. "Nos complementamos bien", cuenta el secreto Zeballos. Se nota: luego de un saque del santafecino, la respuesta adversaria encuentra una volea sensacional del marplatense. Es el punto del partido. El de la semifinal: ese desafío de hacer historia, ya que nunca dos colegas de nuestro país se consagraron en una cita de las grandes. Nunca, jamás.
-¿Es más de lo que hubieses imaginado, Horacio?
-Y, la verdad, no lo esperábamos. Les ganamos a doblistas profesionales.
-¿Cuál es el secreto, Eduardo?
-Y? nos conocemos de memoria. Son muchos años de compartir historias. Pero acá se dio todo muy rápido. Y ahora queremos más, no nos conformamos.
-En Francia deben estar inquietos si los ven jugar. El dobles suele ser la clave en una serie de Copa Davis.
-Ellos tienen un buen equipo, juegue quien juegue. Antes del US Open, parecía más difícil la serie, ¿no? Ahora estamos 50 y 50. Y tenemos a David, que es un fuera de serie en estos partidos. Tenemos que dar el batacazo. (Schwank)
-Puede ser que estén un poco más preocupados. Lo importante, en realidad, es que nos ganamos el respeto. Yo también tengo fe? (Zeballos)
Ahora, Zeballos cuenta que en los últimos días conversó con gladiadores de otros tiempos. Con jugadores como José Luis Clerc o Javier Frana, que suelen transmitirle una sola idea: "Jugá relajado". Zeballos describe, serio, qué le está pasando en el sendero equivocado de su juego individual. Hasta que Schwank toma nota. Otra vez, una sonrisa: "Decime quiénes eran, así les consulto yo también. Te guardás todo para vos?". Se le pregunta a Zeballos, ahora, por sus recursos. "Tenemos varios. Entendemos el juego de base y, también, la volea".
Estiran un poco más las piernas. Juguetean con sus celulares. Así de relajados se muestran casi siempre. Saludan, se despiden y se encuentran, en familia, con amigos, en el restaurante de los jugadores, un oasis de buena comida y distensión. Desde allí, desde ese primer piso, se vislumbra todo el club: la dimensión del placer. Desde allí, siempre juntos, Schwank y Zeballos tienen un plan: ver el básquetbol primero y el fútbol más tarde. Seguro, habrán continuado su alegría por esos triunfos seleccionados. Y, minutos después del almuerzo les habrá quedado el sabor de que pueden estar construyendo algo verdaderamente grande.
-¿Si te dan a elegir, Eduardo, que preferís, Flushing o la Davis?
-Queremos las dos cosas: el US Open y la Copa Davis. Quiero soñar alto.
Zeballos asiente con la cabeza. Pensamiento uniforme, como si se tratase de la misma persona en dos cuerpos diferentes.
Con el triunfo del suizo Stanislas Wawrinka sobre el estadounidense Sam Querrey por 7-6 (11-9), 6-7 (5-7), 7-5, 4-6 y 6-4, el país norteamericano cerró uno de los peores años de su historia en certámenes de Grand Slam, a nivel masculino. EE. UU. completó 2010 con sólo un cuartofinalista en un major: Andy Roddick, en el Abierto de Australia. En Nueva York, la única esperanza que tiene es Andrea Collarini, el junior criado en la Argentina, que avanzó a la tercera rueda.