De Lahore, Pakistán, donde nació, al US Open, Qureshi, junto con Bopanna, se anima a buscar la paz - AFPYa habían pasado cuatro horas. El hombre estaba devastado: sin zapatos, sin túnica, desnudo de valores. Los oficiales del aeropuerto Kennedy de Nueva York, impenetrables en cuerpo y alma, agudizaban la lupa sobre su tez morena. "Desde el 11 de septiembre de 2001 me hacen lo mismo. No me dejan entrar y no me dejan salir", cuenta el protagonista de esta historia. Paquistaní de nacimiento, musulmán por tradición, intentó descubrir entre sus pertenencias un trofeo, sinónimo de íntimo orgullo. "No toque nada, señor. No nos comprometa", le advertían. Hasta que alguien, en el momento justo, en el lugar adecuado, cuando el avión hacia tierra, entraba en la pista y transformó el escenario de escozor. Dos palabras salvadoras: "Es tenista", dijo primero. Y otras dos, más tranquilizadoras: "Déjenlo pasar". Y Aisam Ul-Haq Qureshi, hábil para el juego de dobles, a paso lento, deja el magnífico y custodiado JFK en silencio. Finalista del US Open, en su primera gran acción compartida con Rohan Bopanna -perdieron el título ante los he rmanos Bryan-, lo suyo traspasa esta suerte de vejamen que sufre en los grandes aeropuertos del mundo. El hombre es un símbolo de paz.
A los 30 años, meses después de alzar su primer título compartido en Johannesburgo, su anhelo no trata de dar vueltas olímpicas con una raqueta. Juega desde hace un par de años con un hindú, el tal Bopanna. Se odian los paquistaníes y los hindúes, desde la guerra -religiosa, territorial, intermitente, angustiante- de agosto de 1947. Se odian los paquistaníes, también, con los israelíes, desde tiempos sin tiempo. Qureshi, entonces, tomó nota: se hizo compañero de un israelí, Amir Hadad. A punto tal que la Federación de su país lo suspendió por su traición: adiós a la Copa Davis. Un musulmán y un judío del mismo lado de la red había sido tomado como un engaño a su patria. Más tarde, Bopanna, entendió el mensaje: cambiar el mundo desde el servicio. Y salieron a la cancha. "Paren la guerra, que empiece el tenis", rezaban sus camperas en Wimbledon. Qureshi entiende el juego, el juego de la vida.
Tiene su íntima historia. Se entretiene con el tenis, aunque en su país la pasión tiene sinónimo de cricket. El padre es un hombre de negocios; la madre, una ex entusiasta jugadora de tenis. Creció viendo videos de Edberg y Becker; admira a Jordan, añora a Alí y, de tanto en tanto, disfruta de los partidos de Liverpool. Sus vitrinas cubren la pared de trofeos. ¿Títulos, estrellas? Mejor aún: Premio Humanitario, Campeón de la Paz. Su propia vida. Ser amigo de un hindú es su mensaje. Jugar a su lado, cubrirle las espaldas. Aunque aún no entienda cómo 100 millones de espectadores se desviven cuando paquistaníes e hindúes se enloquecen por un clásico de cricket. "Lo viven como de vida o muerte", se extraña.
"Al principio, se quejaron en mi país; vivían de los prejuicios. Es un mensaje lo que trato de dar", cuenta el hombre que puede darle la mano a un judío, a un cristiano, a un hindú. "Bopanna es mi amigo desde hace 10 años", lanza ahora. Una historia sentimental guardada bajo siete llaves. "La belleza del deporte está en que atrae a las culturas y religiones. Se puede hacerle entender a la política sus errores", suele contar esta suerte de embajador, de revés exquisito en el dobles, aunque sabe que el tenis es una excusa. Su reciente comercial para la firma Pepsi es toda una declaración: burbujas de tolerancia.
No son tiempos de regocijo en Paquistán. Tal vez, nunca lo fueron. Semanas atrás, las inundaciones provocaron 1700 muertos, miles de desplazados y unos 45 millones de dólares estimados en pérdidas. Lo llaman el Embajador de la Paz. Por eso, las pantallas televisivas en las plazas principales oficiaron de respiro en la última cita de Grand Slam. Más aún, luego de sus triunfos, esa charla pública con el primer ministro Yusuf Raza Gilani. "Tres guerras hubo con India; por eso entiendo que sea extraño. Pero que haya un solo hombre que se ponga contento con nosotros es un triunfo", cuenta. Eran 20 intrépidos, musulmanes e hinduistas, sentados juntos, el día en que le ganaron a Schwank y Zeballos. Lágrimas sin odios en un rincón.
Qureshi tiene un plan. Toma la raqueta, escucha a su corazón y admite: "Falta un paso". Hay un sitio conocido como el Muro de Berlín en Asia. Es Wagah, el contacto terrestre entre Paquistán e India. Una red, dos raquetas, Qureshi, del lado hindú; Bopanna, en la frontera paquistaní, en una zona en la que suelen armarse hasta los dientes. Sólo hay que animarse.
1059 No es un estilista. Al menos, no lo es en la especialidad de singles: se ubica en el puesto 1059 en el ranking. Lo suyo, claramante, es el dobles: está en el sitio 22, su mejor marca histórica. Pero sólo ganó un título: Johannesburgo 2010, junto con Bopanna, y llegó a 4 finales en la misma temporada.
"Como la música, el deporte también tiene la particularidad de intentar cambiar el mundo. Lo que hacen estos chicos es digno de mencionar"