No son pocos los que destacan el coraje de Mariano Pavone en River. Se menciona la valentía con la que lucha, el desgaste que hace en soledad. Ahora bien, ¿a nadie se le ocurrió preguntarle a Jota Jota por qué lo deja tan solo arriba sin un compañero que le dé una mano? En una de ésas, sin tanto despliegue, Pavone podría estar descansado para encontrar la precisión que le está faltando en varias de sus definiciones.
Esto que parece una crítica al técnico de River (y lo es, aunque menor) es en realidad una anécdota inocente y futbolística que va justamente en el sentido opuesto de la bravura de Pavone. Se trata de las diversas formas con las que el miedo va atrapando al fútbol.
Desde lo deportivo, la segunda mitad de la temporada define las posiciones de descenso directo y de la Promoción. Justifica el nerviosismo de ocho equipos en un país en el que perder está mal visto. Hoy, los hinchas de Independiente, All Boys, River, Tigre, Olimpo, Huracán, Gimnasia y Quilmes temen porque pueden perder la categoría.
Esa presión parece ser suficiente excusa para jugar mal y dramatizar sin más explicaciones. Porque cuando J. J. López comenzó la escalada que lo llevó a la punta, a ninguno de nosotros se nos ocurrió cuestionar la forma en la que lo hizo. El discurso es: "Tiene demasiados motivos para preocuparse, el estilo queda en segundo plano" .
Por un lado, seguimos viendo el mismo fútbol (malo, es cierto). Por el otro, cambiamos el humor, modificamos comportamientos por un resultado. ¿Cómo exigir buen juego cuando se sospecha de todo, se protestan los cambios de cancha y las designaciones de árbitros? Cuando uno no confía en sus capacidades, expresa temor cuestionando detalles ajenos. Todo se transmite.
Encerrados en esa irreal burbuja deportiva, olvidamos que el mayor de los pánicos se vive afuera. Si uno va a ver fútbol en la Argentina, no está exento de sufrir una muerte violenta. Puede ser por maltrato policial o por daños colaterales en la lucha de los mafiosos que dominan los clubes (esos mafiosos que también se matan entre sí). Este torneo ya tiene un muerto: Ramón Aramayo.
Es lo más indignante de esta historia. Porque periodistas partidarios y dirigentes deben ser separados por la policía en un estadio vacío para evitar incidentes. Todo es tan incoherente como mezclar el deporte con la violencia. Como pasar de Pavone a Aramayo. ¿Quién le dijo a la gente de River qué irse al descenso es la muerte?, ¿quién les dijo a los dirigentes de Vélez que jugar en Liniers o en La Boca es dañar el orgullo de un club?
El eje se corrió. El fútbol argentino no permite ver las cosas con claridad. La AFA debería descontarles puntos a Vélez y a San Lorenzo por sus provocaciones, sus bochornosas expresiones de estas últimas semanas. ¿No tiene nada que ver? Parece que ciertos dirigentes tienen más miedo de dejar escapar un punto o la localía que de ver cómo se pierde la vida de un hincha.