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El arte de no dejarse pegar

MADRID.- No voy a hablar de Messi. Se agotan las palabras con Leo. Antes del partido, Guardiola aceptó la provocación de Mourinho y le contestó fiel a su estilo, pero con palabras diferentes. Lo mismo hizo su equipo en el Bernabeu. Con su irrenunciable idea de tener la pelota, jugó de manera distinta respecto de la final de la Copa del Rey. ¿Cuál había sido la principal virtud de Real Madrid en Mestalla? La secuencia de pelota recuperada en la mitad de la cancha-transición rápida-llegada en contraataque. Para lograr esto, se necesitan balón y, sobre todo, espacios. Barcelona le negó ambos requisitos.

El local quiso hacer lo mismo que en Valencia: punto de partida retrasado, espera en propio campo, pressing sobre los receptores del primer pase en cancha contraria (Xavi, Keita, Messi), robo y contraataque con un pase largo al espacio. Pero el Barsa cambió. No asumió riesgos en la salida. Tocó mucho en corto, para atrás y para los costados. El triángulo Mascherano, Piqué y Busquets no intentó pasar la primera línea del Madrid ni con traslado ni con pase. La tuvieron allí sin perder la paciencia hasta que el rival saliera y ahí sí apareciera ese pase de 10 metros hacia adelante. Di María había sido clave en la final, jugando a la espalda de Dani Alves. No le concedieron ese lugar. Contenido, el brasileño llegó profundo al área rival por primera vez en el minuto 66. Sin un lateral izquierdo puro (lastimados Abidal, Maxwell y Adriano), el diestro Puyol no pasó jamás al ataque. Sin Iniesta, capaz de cambiar el ritmo con su concepto de tocar/gambetear y moverse, Keita se sumó al juego de posesión estática.

Como siempre, el Barsa hizo uso y abuso de la pelota pero no jugó a dos toques ni combinó velocidad con precisión en los últimos metros. Fue pausado y burlón, con el objetivo de quitarle el fundamento a la idea del Madrid. Y lo logró. En una jugada, Cristiano Ronaldo se quedó solito en su intento de apretar a Valdés y expresó su furia con ademanes ampulosos. Sin contraataque ni elaboración, el local sólo podía llegar a través de un tiro libre o de un córner. Un solo remate al arco en 90 minutos. Nada. Sin revisar su proyecto Mourinho jugó la carta Adebayor. Ozil ya no le servía. El togolés apuró la salida, se fajó con los centrales y fue el faro para los pelotazos. Pero no movió la aguja. Con la correcta expulsión de Pepe, perdió al jugador que marcaba a Xavi y le daba sentido al concepto de presionar en el medio campo. Sin su sombra, el 6 del Barsa cambió la partitura: tocar como siempre pero ahora, con más espacios y un rival desgastado, para traducir la tenencia en peligro. Erró sólo 8 de los 113 pases que dio.

"La pelota es quien ordena a los equipos", dijo Pep en noviembre de 2008. El equipo tuvo un 72% de posesión. "La cadena de pases sigue siempre una lógica racional, nunca se pasa por pasar sino que cada transmisión del balón, de un compañero a otro, lleva intrínseca la posibilidad de desarticular el engranaje defensivo, o de forma inminente o en futuras maniobras", escribe Oscar Cano Moreno en su estupendo libro El modelo de juego del FC Barcelona. Tocó como siempre pero jugó distinto. Fue una victoria de torero, de boxeador que reivindica el arte de no dejarse pegar. Pep completó su faena con el ingreso de Sergi Roberto, otro pichón de La Masía. Fue su regalo para la billetera de Florentino Pérez. Luego Mou denunció patéticamente una conspiración internacional. Antes, el mejor de todos había dejado su sello con un gol de "9" y otro de 10. Y cuando aparece Messi, no se habla más.

jpvarsky@lanacion.com.ar.

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