Desde el punto de vista deportivo, los dirigentes de River pueden darse más que satisfechos con las 4500 entradas que les dará Boca para sus hinchas. Cuanto más visitante se sienta el equipo, mejor. Al menos eso es lo que se desprende de la campaña de Juan José López, que ante All Boys completó una rueda completa desde su asunción sin derrotas fuera del Monumental, donde sufrió todas las caídas (Estudiantes, Vélez, Godoy Cruz y All Boys).
La ecuación no es muy diferente para Boca en la Bombonera. Quizá al conjunto de Falcioni le convendría que se clausuraran los palcos o ponerle un silenciador a la 12 que ocupa la segunda bandeja. En el Clausura, el balance de local es negativo: una victoria, tres empates y dos derrotas.
De cara al superclásico del domingo, quizá los dos se sentirían más cómodos con más gente mirándolos por televisión que ejerciendo presión y transmitiendo ansiedad desde las tribunas. La inestabilidad futbolística de ambos procesa lo que debería ser un apoyo multitudinario como una exigencia y responsabilidad difíciles de asumir.
Hay pocas cosas más vanas y destinadas al fracaso que predecir cómo será un partido, pero es posible imaginar cuáles serán los mensajes de los técnicos. Ni a Falcioni ni a Jota Jota les sobra crédito para despreciar el efecto balsámico de una victoria, pero lo que deben evitar, por sobre todo, es una derrota. Una caída, según las circunstancias que la rodeen, los debilitaría mucho en la proyección de los dos de cumplir el contrato que tienen hasta fin de año. Y ya se sabe que si el miedo a perder es mayor a la voluntad de ganar, el partido corre el riesgo de naufragar en la mediocridad y el conformismo.
Aunque Boca y River no están en condiciones de presumir que son grandes equipos, sí tienen futbolistas capaces de dejar su impronta decisiva con independencia del libreto que marquen los entrenadores. Individualidades que a estas alturas ya no son susceptibles al miedo escénico y mantienen la ambición para dejar huella en estos encuentros tan especiales. Si el físico se lo permite, algo que no ocurrió en el Apertura pasado en el Monumental, la clase de Riquelme es un antídoto contra las ataduras. Palermo no se resignará a un papel intrascendente en el último superclásico de su carrera. El toque de gloria final que pueda agregar a su trayectoria sólo sobrevolará en los 90 minutos del domingo
El partido necesitará de futbolistas que se pongan un poco por encima de las precauciones, del entorno demandante y la coyuntura precaria de cada equipo, a los que les cuesta llevar la iniciativa y el peso del juego. Para volver a ser grandes, Boca y River deben decidirse a crecer.