Pasma. Esa es la definición que mejor se adapta a las expresiones de asombro en los rostros de los más de 40.000 espectadores que se dieron cita en la avenida 9 de Julio para ser testigos de las increíbles maniobras que el séptuple campeón mundial de rally, el francés Sébastien Loeb, junto a su compañero de equipo y compatriota, Sébastien Ogier, realizaron durante más de dos horas, repartidas en distintas series de unos cinco minutos cada una.
El sol se animó a pelearles cuerpo a cuerpo a las hojas del calendario, sin cederle paso al otoño más crudo que, al menos ayer, fue uno de los pocos ausentes al Road Show que la marca Citroën y todo el equipo del rally mundial llevaron a cabo en el centro de la ciudad. La 9 de Julio, el clima acorde y un espectáculo de primer nivel, combinados, dieron como resultado un producto muy efectivo; la exhibición no dejó lugar a ningún tipo de dudas. Si bien no fue dirigida por Daniel Barenboim, ni acompañada por los armónicos movimientos de Julio Bocca, habitantes del mismo lugar en otro tipo de espectáculos, desde las "muñecas" de Loeb y de Ogier se desprendió una eximia muestra de arte.
Había mucho por ver. A las 15.20, el ya a esa altura fervoroso público imploraba para que Loeb, Ogier y compañía dejaran de lado los micrófonos de la prensa y empezaran a construir una tarde inolvidable. Sin embargo, toda gran obra tiene su preliminar. Y el del Show Road no desentonó. Una grata sorpresa que cautivó a abuelos, padres e hijos por igual. En la pasarela, el clásico y conocido 2CV, la Citroneta y una perlita; el impecable Mehari rojo, que se convirtió en la vedette de la templada tarde.
El turno de la gran prueba. Como sucedió en 2009, en las inmediaciones de los lagos de Palermo, Loeb salía a escena para gastar el asfalto porteño. Minutos más tarde, llegó la hora de la joven promesa, Sébastien Ogier, ganador de dos carreras esta temporada. Tres pasadas por el circuito de pruebas y, en la siguiente, el cronista de La Nacion hizo las veces de Julián Ingrassia, el copiloto de Ogier. Poco antes de subir al DSR WRC, las piernas comienzan a temblar. El ruido de los motores provoca que los miedos dejen paso a la ansiedad. Una vez que se ajustan los cinturones y el casco, la sensación es de no retorno.
Fiesta en el Obelisco"¿Estamos preparados?", pregunta el piloto. No lo sabemos. De ahí en adelante, una explosión de adrenalina. Los primeros metros sirven para levantar velocidad, además de despertar los primeros cosquilleos. Luego, el primer zig-zag a velocidades imposibles. Una pasada por el arco inflable que da al Obelisco y el momento cumbre: la acelerada larga, superando los 100 kilómetros por hora, mordiendo el cemento; Llega la rampa, de un metro de altura y allí? la sensación del vacío, de estar cayendo -de hecho, lo estamos-, encarando al público que contraataca con sus cámaras digitales. Unas cuantas vueltas echando humo que atontan, emborrachan. Sin embargo, la sensación de felicidad puede más. Las dos pasadas que restan son puro disfrute. La seguridad que brindan el hombre al volante y las prestaciones de la máquina que conduce aportan las garantías necesarias.
Sobre el final, Loeb y Ogier se unen al resto del grupo para saludar a la gente; los aplauden, les retribuyen el cariño. Con la caída del sol como fondo, dedican algunas palabras y desaparecen con la misma velocidad con que conducen en los diferentes circuitos del mundo. El Road Show fue la gran antesala, una muestra gratis de lo que será el Rally de Argentina en las sierras cordobesas, entre el 26 y 29 de mayo. El aperitivo perfecto para el gran festín.