A la Argentina la espera el reto de no pisotear los brotes de una ilusión. Tendrá que ajustar algunas piezas que todavía desafinan y, además, domar su ansiedad para que no se le vuelva un enemigo adicional. Candidata natural, con la intimidación de la localía y el mejor Lionel Messi que jamás se haya visto, también asumirá el lastre de casi dos décadas sin títulos. La Copa América regresa al país tras 24 años y le propone a la selección una cadena de retos que, según cómo los resuelva, marcarán desde la credibilidad hasta el ánimo de un plantel que por el momento no ha podido escapar de la tenue expectativa de las insinuaciones.
En la lista definitiva que confeccionó Sergio Batista aparecen descompensaciones entre las líneas. Siete delanteros, incluso más que los seis ya objetados a Diego Maradona en Sudáfrica 2010, anticipan una desprotección de otras líneas. Especialmente en el eje medio, donde apenas cinco futbolistas (Banega, Mascherano, Cambiasso, Biglia y Gago), más Pastore, preludian que sobran jugadores con pausa y falta algo más de vértigo. Al menos como plan B, cuando tal vez el toque -especialmente si se vuelve moroso- no alcance para quebrar adversarios que casi siempre le cederán la iniciativa y le transferirán todas las urgencias a la Argentina.
Batista estará bajo examen, con el inicio de la ruta clasificatoria para Brasil 2014 -las eliminatorias comenzarán en octubre de este año- a la vuelta de la esquina. A su discurso futbolístico atractivo lo ha acorazado con un fundamentalismo inútil. La idea de copiar a Barcelona es innecesariamente extrema: el club catalán es único, la expresión colectiva más rica del planeta, y la Argentina no cuenta ni con intérpretes similares, ni con el tiempo y la calidad de trabajo imprescindible, ni con la identidad filosófica que es un sello culé. Rápidamente pueden distinguirse dos diferencias con la filarmónica formación de Guardiola: la selección no dispone de la misma verticalidad en la elaboración ni de la presión en la pérdida y los reagrupamientos defensivos. Y un punto más, vital: Argentina es messidependiente. ¿Y si el crack no está? Batista no ha entrenado la emergencia.
La creciente madurez de la Pulga es el gran capital albiceleste. Lógico, desde su condición de absoluto rey. Peligroso, si él debe ser la respuesta y la solución de todos los resortes de un equipo que todavía no convence. Juntar pases, tejer jugadas y asociar apellidos de buen pie es saludable, pero alguien más que Messi debe romper con la inercia de la horizontalidad. Atención que el letargo exaspera y la opresión de saltar al ruedo en casa se puede volver un puñal. Tras ganar la última Liga de Campeones, Guardiola pareció aconsejar a Batista: "Leo es el mejor jugador que he visto y voy a ver. Jugamos bien, tenemos grandes jugadores, pero él hace la diferencia. Esperemos que no se aburra y que el club le pueda seguir dando los jugadores necesarios para que se sienta cómodo. Porque hay que armarle un buen entorno. Ahí, él no falla. Cuando juega mal, es porque algo a su alrededor no anda bien". El mensaje del Checho a veces bordea lo elemental. Se necesita el desarrollo de algunas ideas grupales que auxilien la capacidad creativa personal.
Las incógnitas que provocó el desembarco del DT persisten: con escasos antecedentes para lo que usualmente requiere un cargo tan importante, algunos manejos públicos (con el desprolijo caso Tevez) expusieron contradicciones que no se sabe si han resentido su liderazgo en la intimidad del grupo. Pensar que se pueden espantar los problemas sólo con la jerarquía de los jugadores es una distorsionada lectura del mapa futbolístico. El Checho entrega una inquietante debilidad por las conductas individuales. Buen material tiene en abundancia, pero el anterior proceso de Maradona ya demostró que con eso no alcanza. Nombres pesados no siempre encubren déficits estructurales.
Batista -sorpresivamente silbado antes del amistoso con Albania- se expondrá durante la Copa. Pondrá en juego la solvencia de su ciclo. Si gana, le permitirá a la Argentina finalmente reencontrarse con un título importante y, con ese envión, acumulará prestigio, consenso y fundamentalmente paciencia. ¿Y si pierde? Los propios protagonistas están advertidos: la frustración se verá potenciada porque cuando al gran candidato no lo sacraliza el éxito, la resonancia de la caída siempre es más estrepitosa. Probablemente se instalaría una percepción de incertidumbre y desconfianza. La Argentina eligió un compás cadencioso, pero la historia la apura.