El primer compromiso que debe asumir el básquetbol argentino es no colgar en los hombros de estos juveniles la pesada mochila de ser los sustitutos de la Generación Dorada. Ni siquiera vale la pena suponer o hacer proyecciones sobre que el flaco Marcos Delia puede ser el sucesor de Fabricio Oberto o que Patricio Garino pinta para convertirse en un jugador que marque la diferencia por sus excelentes condiciones. Ya pecamos demasiadas veces en estos últimos años de afirmar que fulano o mengano puede ser el gran jugador del futuro. Así pasaron los De los Santos, Treise, Nocedal, Weigand, Gerbaudo, Vay, Orlietti y seguimos sumando.
Alguna vez Manu Ginóbili dijo que no se puede predecir hasta dónde llegará un jugador que tiene 19 años. "Puede explotar a los 20 o 21 y ser un fenómeno o quedarse en uno más del montón". Y lo dice Manu, que a los 19 jamás había integrado un seleccionado nacional.
Además, históricamente los equipos juveniles argentinos cumplieron buenas actuaciones en los mundiales debido a su madurez e inteligencia táctica que le permitió siempre marcar diferencia por el orden y la disciplina, pese a las desventajas físicas.
Y éste, el que ayer derrotó a Croacia y se metió en las semifinales, tiene mucho de eso también. Un gran respeto por los sistemas; enorme concentración los 40 minutos; una equilibrada defensa y cierta dependencia de los triples, a lo que le agregó una gran unidad de grupo, coraje y una confianza que fue creciendo con los triunfos difíciles. Juegan sueltos y seguros, convencidos de que van a ganar.
Este plantel hace tres años que viene trabajando junto, de la mano de Chiche Japes, y si bien siempre hubo buenas expectativas sobre ellos, los últimos resultados (la ajustada clasificación en el Panamericano de San Antonio, el bajo rendimiento en el mundialito de Alemania y las derrotas en la gira europea previa) trajeron un poco de dudas y preocupación sobre lo que podían mostrar en este Mundial. No llegaron con buenas expectativas, especialmente por la baja a último momento de su estrella Matías Bortolín. Eso los terminó de unir y de convencer de que ninguno es indispensable y de que todos dependen de todos; además, tuvieron una pizca de fortuna en algunos cierres ajustados (el triple de Marsarelli ante Brasil) para llegar a convertirse en la sorpresa del torneo y en otro gran orgullo para el básquetbol argentino. Además de darle al DT Enrique Tolcachier un aval que estaba necesitando a gritos. Estos pibes ya cumplieron largamente. Ya tienen el felicitado y lo que logren de aquí en más será un plus grandioso. Ya pueden disfrutar de su hazaña y sin pensar que acá los estamos esperando con la mochila lista. Serán lo que deban ser. Futuro les sobra y ya hicieron historia.