CÓRDOBA.- ¿Quién hubiera imaginado, después de tantos partidos amistosos ante rivales irrelevantes, con fines en general recaudatorios y con conclusiones muchas veces equívocas, que la selección argentina se encontraría jugando "una final" contra un equipo imprevisto e imprevisible, parecido a aquéllos por su conformación alternativa?
¿Quién hubiera imaginado, a esta altura, que el mismo Lionel Messi, que hizo poner de rodillas al Manchester United, a Wembley mismo y al mundo del fútbol entero, iba a estar de pronto expuesto a tener que revalidarlo todo contra un marcador amateur, de 19 años, ese universitario llamado Francisco Calvo que le llamó la atención a La Volpe en un entrenamiento y se ganó el lugar en un plantel lleno de juveniles?
Nadie lo hubiera imaginado, cierto, pero la Argentina lo hizo posible. Detrás de aquella Bolivia aparentemente sólida, más allá de aquella Colombia con justicia relanzada, había un equipo -el argentino, justamente- que se engañaba a sí mismo y a los demás con un discurso vacío, con una declamación constante, con una insinuación eterna? Fue ese equipo el que volvió a Costa Rica temible y a este partido, un compromiso inquietante.
Que haya demorado 45 minutos y 30 segundos en convertir un gol, el primero, el que abrió la canilla de la confianza, no tuvo tanto que ver con una defensa sólida sino con la impotencia propia, expresada esta vez por una impericia para definir que es propia de quien está falto de convicción y al que le sobran desesperación y nervios.
Y que en ese mismo tiempo no haya recibido ningún tanto tuvo que ver con las limitaciones propias de un rival inexperto y nada que ver, pero nada que ver, con una solidez y un funcionamiento defensivo que no existen, donde la desesperación que arriba se tradujo en impotencia abajo se entendió como brusquedad innecesaria, con Milito y Mascherano (insólitamente sin amarillas hasta aquí) como abanderados.
Ganar fue, en todo caso, un desahogo imprescindible. El escenario, un Mario Kempes repleto y futbolero, ofreció la posibilidad de comprobar que hay gente que quiere que a la selección y a Messi les vaya bien. El partido, un monólogo argentino tenso primero y florido después, le dio la oportunidad a Gago de mostrarse útil, como hacía tanto no sucedía, a Kun que es gol, y a Messi, por Dios, que es Messi.
Pero pensar que aquí se encontró definitivamente el equipo sería tan nocivo como cuando, hace un año, allá en Sudáfrica, después de ganarle a México, se creyó que estaba todo fantástico. Y como cuando, hace sólo un par de semanas, contra Albania se habían encontrado los socios ideales para Messi.
De la autocrítica y de la real valoración de los rivales debería surgir como conclusión sincera que hay que mejorar mucho para jugar contra mejores. Ni Luis Suárez-Forlán-Cavani, ni Alexis Sánchez-Suazo, ni siquiera Paolo Guerrero (todos ellos y compañía, a los que les toque) están dispuestos a perdonar el conformismo.
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