A veces el fútbol es sólo una excusa. En otras ocasiones, le da contenido a todo. Cualquier registro sirve para disparar los debates que hoy invaden las canchas argentinas. Decenas de capítulos que activan la discusión para recorrer el mapa de este deporte-espectáculo-negocio, auscultar su salud, analizar sus histerias, regar sus fortalezas y reconocer sus miserias. Nada es casual en un mundo que tantas veces se deja llevar por la crispación. Un ambiente de euforia y desasosiego que día tras día convive con la desproporción. Tan al límite llegan a veces los extremos que la mención de la muerte es común en frases y declaraciones. Porque así como el hincha augura que ni la muerte lo va a separar, el mismo sentimiento aparece cuando, por una derrota, la solución es matarlos a todos.
Una espiral de temas desata esa rara combinación de cuestiones racionales y resortes absurdos. El emprobrecimiento del fútbol argentino, la fuga permanente de sus mejores valores, los descuidos formativos en las inferiores, la silla eléctrica de los entrenadores, la trampa enquistada en la conducta de tantos, la inoxidable gestión de Julio Grondona, la discutible validez de los torneos cortos y los promedios, la comercialización de la pelota, las prisiones tácticas que disciplinan las propuestas... El carrusel vuelve a girar, el caramelo narcótico promete algo de consuelo detrás de una Copa América frustrante y de tantos mamarrachos de escritorio que se atropellaron después.
El fútbol argentino regala a menudo relámpagos que viajan a velocidad luz de la alegría a la desazón. Casi todo se vuelve tan profundo y a la vez tan efímero, un sentimiento incapaz de ofrecer siquiera un boceto de explicación. Pocos torneos tan traicioneros como el argentino. De repente, el fútbol se disfraza de una excentricidad que sólo busca evasión, maquillar penurias en áreas realmente sustanciales. Pero la materia prima no invita a soñar con un Apertura 2011 que reescriba la historia ni se perpetúe en la memoria de todos. Buenos jugadores parten de la Argentina bajo el cobijo de los elogios, pero al desembarcar en el Viejo Continente inauguran un período de suplencia, roles secundarios o hasta quedan marginados. Ojalá Ricky Álvarez, Erik Lamela y Federico Fernández escapen de ese destino. De lo que no hay dudas es que el desinflado torneo albiceleste los extrañará. Porque de tan raquítico, hasta añorará a los retirados Almeyda, Palermo, Guillermo y el casi despedido Ortega. Como a los transferidos Maxi Moralez, Enzo Pérez, Mercier y Rinaudo. Y a los conflictuados Valeri y Stracqualursi. Y a los fantasmales Carrizo y Pavone. La filtración siempre es más torrentosa que rica la repatriación. Los retornos de mayor significado, Cvitanich, Boselli, Saja, Farías, Mariano González y hasta el paraguayo Villar, vuelven con la esperanza de espantar cuanto antes la reciente y devaluada porción de sus carreras por Europa. Entre el debe y el haber, siempre ocurre lo mismo: la sensación de depresión lleva un halo envolvente.
El fanatismo por el fútbol ha invadido el lugar que antes estaba reservado al ardor patriótico, el fervor religioso o la tribuna política. Entonces, son muchos los horrores que se cometen en nombre del fútbol y muchas las tensiones que se valen de él para justificarse. Desmesuras sobran en su vida cotidiana: la connivencia de los barrabravas con los dirigentes y los futbolistas, la polémica administración de los clubes, la intromisión de sectores de poder y su malsano oportunismo para utilizar al fútbol según las conveniencias de turno, la xenofobia enjaulada en un estadio, el menoscabo de la vieja tradición de amistad entre los clubes, el peligroso doble discurso de una porción de la prensa, el daño que ha hecho y sigue haciendo una cultura exitista exacerbada y fomentada a diario, y el clima de intolerancia que se respira en las canchas, legitimado de manera insólita por muchos protagonistas que le atribuyen al público un derecho casi absoluto. La injerencia excesiva del dinero al punto de desnaturalizar el tejido general de relaciones del fútbol y de volver corriente el estado de sospecha.
El fútbol está instalado en la conciencia colectiva de los argentinos como parte importante de nuestra identidad. Por eso se lo extraña. La advertencia no es nueva, pero vale repetirla: acá, la lógica no siempre encontrará amparo. Atención, no se trata de demonizar el fútbol. Él no causa ni agrava nada: sí espeja.