CALCUTA.- En el mediodía de un aplastante viernes, un hombre con unos entrecerrados ojos azabaches se baja del rickshaws , pelea el precio del viaje, apura el paso y camina rápido por las calles que circundan el café Fleuire. Pide prestado un par de libros en un local que acumula de a cientos hasta el techo. Lo recibe un eco de gritos de vendedores que se desparraman por esa geografía que maneja como nadie. El bullicio se corta cuando abre la puerta del café: acapara la atención con sus lentes negros, el traje bengalí de seda bordó y un padri (turbante) negro. Acaparará todas las miradas y una voz tenue le dará la bienvenida con el clásico: "Namaste boss" (hola Jefe).
Un rito diario. Tiene 52 años y se las arregla para ganar siempre, una constante en su historia. A veces, bebe más de la cuenta. Cuando toma un par de tragos, las narraciones que tiene aprendidas en su cabeza se encaprichan en dejarlo en ridículo. Reaparece el fantasma de la mujer occidental que nunca pudo conquistar y ése es el momento para abandonar la causa.
Habla como un predicador. El viajero desprevenido cae rendido ante el primer relato de dioses. Habla de las aguas sagradas de la tierra de Kali, la diosa del hinduismo que en Calcuta se venera. Disfruta de su té verde y mira para todos lados por encima de sus gafas. Dice que al mundo no lo mueve el dinero, sino el espanto. Entonces, habla de espiritualidad, del cambio de mentalidad que debe venir en el planeta?
Toma al turista del brazo, lo invita a un viaje de aventura al barrio Kalighat y lo sube al típico taxi Ambassador amarillo. Escondido en un laberinto de calles estrechas, casi sin veredas y en el que las aguas de los ríos suben y bajan en cuestión de segundos, aparece de la nada el colorido templo de Kali. Hay que ingresar descalzo, entre olores putrefactos y de incienso, entre agua, sangre de animales y orines. En el aire espectral del interior no hay redención para los hombres duros. Hay gritos y sacrificios de cabras negras para alejar al demonio. Es el momento de la oración ante Shiva. De recibir un collar de flores, de inclinarse hacia una imagen, de dejar las cosas materiales. De llevarse una flor roja hacia el punto de poder, en el medio de los ojos, de hacer reverencias hacia la imagen que inquieta con dos cobras a los costados. Hasta que todo se esfuma. La espiritualidad se escapó por los laberínticos pasillos del Kalighat. Entre tanta gente buena que vive con resignación por lo que le tocó en suerte, siempre hay un aprovechador. Calcuta es capaz de robarse la atención, no quedan dudas de eso, pero también el dinero.