Cada cuatro años el deporte argentino tiene que "ponerse lindo" para salir en dos fotos: la de los Juegos Panamericanos y los Juegos Olímpicos. La sucesión de fotografías luego hacen una película que siempre tiene el mismo guión pero con una trama cambiante: mostrar la realidad del deporte de un país. No es ficción aunque haya finales felices o desenlaces aterradores. Se trata de un documental sobre historias personales y grupales, bajo la misma bandera y en el mismo tiempo histórico.
Guadalajara 2011 comienza hoy con la participación de 482 atletas argentinos que tienen la intención de mejorar su ubicación en el medallero continental luego del octavo puesto en Río 2007. Las crónicas de la época describían un panorama desalentador para el deporte argentino en playas brasileñas por la falta de resultados y recurrentes problemas de planificación. El desconcierto fue total para un deporte argentino que en Atenas 2004 había vuelto a ganar medallas doradas en Juegos Olímpicos luego de 52 años. La Argentina deportiva estaba en medio de una transición de ciclos florecientes y otros que se cerraban y cierto desconocimiento de lo se suponía que habìa y en realidad no existía. El octavo puesto en el medallero de Rìo 2007 fue la fotografía de la frustración y la preocupación extrema de entrenadores a quienes no se oía y deportistas a los que se respetaba poco.
Cuatro años más tarde hay una sensación de que la situación es diferente. La renovación de autoridades en el Comité Olìmpico Argentino también incluyó un cambio de estilo y ahora todo es más dinámico y ejecutivo. La creación del Ente Nacional de Alto Rendimiento (ENARD) trajo como principal capital una nueva forma de financiación para federaciones, equipos y deportistas que surjen de un impuesto del 1 por ciento de las facturas de los abonados a la telefonía móvil. En la estructura del ENARD , integrada por miembros del COA y la Secretaría de Deportes, contarán para fines de 2011 con un presupuesto de 150 millones de pesos para el alto rendimiento. Hay un protocolo elaborado para solicitar recursos que busca transparencia y velocidad en su ejecución, en un país en el que es habitual que un deportista se pague los gastos para que luego el Estado se lo devuelva "a los premios". Conviven así los tiempos deportivos, siempre urgentes, con los ritmos ministeriales, siempre en cámara lenta.
"Por primera vez en años el deporte argentino tiene plata. Eso es un avance...", se escuchaba de boca de deportistas y entrenadores hace dos semanas en Parque Norte, cuando se despidió a la delegación argentina. El apuntalamiento a ese concepto fue seguido por una idea que se instaló pronto en el imaginario de quienes siguen al detalle el deporte amateur: "Ahora no hay espacio para quejas ni victimizaciones por la falta de recursos. Eso ya quedó atrás...". Esa fue la oscilación permanente del deporte argentino en Panamericanos y Olímpicos de la última década: se gana por la garra y el talento y se pierde por la falta de recursos. Es decir, una manera elegante de no perder nunca. "Si ahora hay derrotas será porque los rivales fueron superiores fìsica y técnicamente", fue el mensaje coincidente de Gerardo Werthein, presidente del COA y Juan Curuchet, presidente de la Comisión de Atletas del COA y medallista olímpico en Pekín 2008. Una sintonía pretende ser alterada: usar el libro de quejas solamente en casos de extrema necesidad y justificación.
Panamericanos y Olímpicos suelen ser descriptos como contenedores de sueños e ilusiones de los atletas. Las aspiraciones de los deportistas, en ocasiones, son presentadas como meras representaciones oníricas de cuentos de hadas. Pero la realidad del deportista es más concreta: nadie gana una medalla dorada porque lo soñó la noche anterior. Tal vez el sueño motorice el trabajo de un deportista, pero el rigor del entrenamiento y la claridad de los objetivos serán el secreto de su éxito. Contrariamente a lo que se supone, los resultados deportivos son un cúmulo de certezas. Hablamos de deportistas amateurs, pero de alto rendimiento. Y cuando se compite en un nivel alto, aunque no se cobre por eso, o se cobre poco, las sorpresas no abundan.
"La alta competencia no debería producir sorpresas. El acceso al grupo selecto en un deporte no debería producirlas. En el alto rendimiento a veces gana un equipo, a veces otro y eso está bueno porque le da incertidumbre al deporte, pero todos los que llegan a ese tramo final saben para que están. En otras palabras: un equipo o un deportista saben si están para un podio o si están para el segundo pelotón de su competencia. Luego podrán salir primeros o terceros del podio o ubicarse quintos u octavos del segundo pelotón, pero sorpresas en el alto rendimiento, si se planificó bien, no tiene que haber...", comenta Carlos Siffredi, flamante gerente técnico del ENARD y ex Director de Alto Rendimiento de la Secretaría de Deporte. El ejemplo que utiliza es obvio y claro: "Un tipo como Michael Phelps sabe para que está en un Juego Olímpico y sus rivales también. Sorpresa sería que no cumplan su objetivo...". Ese caso se aplica en el deporte de alto rendimiento, profesional o amateur, en cualquier escala.
Cuando en los escenarios centrales de las competencias deportivas se produce una sorpresa, paradójicamente, eso habla de una falla en alguna parte del proceso. Puede darse la explosión de algún talento en ebullición y listo para el logro. Pero algo se hizo mal cuando no se pudo anticipar que un atleta podía hacer su mejor marca en un Mundial o en un Panamericano. Porque de eso se trata el deporte amateur, pero de alto rendimiento, cuando un país invierte en sus deportistas: tener las mayores certezas posibles para que los dineros utilizados, que no dejan de ser públicos, puedan ser justificados por logros y por procesos serios de trabajo.
Guadalajara 2011 es la primera versión de un deporte nacional más y mejor financiado, con deportistas que asumen que llegan bien preparados y un cálculo estimado entre 15 y 17 medallas doradas para poder mejorar la ubicación de Río 2007. Es un avance para un deporte argentino que todavía se debe una renovación dirigencial y una revoluciòn en sus estructuras. Las ideas de unos y los resultados de otros son los que marcan la diferencia entre peinarse para la foto o salir en ella por méritos propios.