Canchallena
 

Las ideas de Bielsa no se matan

 
 
 
El tiempo le da la razón.  Foto: Por Domenech

La imagen era emocionante. Esos 11 leones respondían por los 8 mil que rugían desde afuera. Jugaban con amor por la tarea. Corrían con espíritu amateur. Se cuidaban con máxima lealtad y se abalanzaban sobre el rival con voracidad famélica. Los diablos rojos de adentro, asistían pasmados al sopapo futbolístico que estaban recibiendo, sin poder hacer demasiado para evitarlo. Los hinchas desde las gradas, no terminaban de comprender como su glorioso Manchester, quedaba reducido a la mínima expresión en el mismísimo living de su casa.

Es curioso. Los periodistas nos pasamos horas analizando traspiés. Somos una especie de "explicadores profesionales de derrotas". Cuando un equipo pierde nos sentimos en la obligación de analizar hasta el detalle más pequeño, los motivos de cada frustración.

Por el contario, la tiranía del resultado es absoluta. El autoritarismo que se impone desde la victoria, parecería eximir a todos y cada uno de los involucrados por el solo hecho del triunfo. Si se ganó, punto. No hay nada más que decir. Afortunadamente, a veces es necesario explicar algunas conquistas, jerarquizarlas, darles su justa dimensión para que no queden en el mero hecho estadístico.

La noche del 8 de Marzo, en Old Trafford, Manchester, quedará grabada a fuego para todos aquellos que amamos el fútbol, pero sobre todo, para los que creemos que el resultado es una consecuencia, que la victoria es el último eslabón de una cadena. Que los medios son tan importantes como el fin y que el tránsito es tan significativo como la meta. Que se puede abrazar una causa con pasión, que se puede ser corajudo y arriesgado. Que es posible creer en el capital del trabajo y no solamente en ese trabajo que busca acumular el capital.

El Athletic de Bilbao es un modelo contracultural. En tiempos de fútbol globalizado, de jugadores que multiplican sus pasaportes y acumulan millajes, nutrirse de nativos, del producto de las divisiones menores o de jugadores nacidos en su tierra, no deja de ser digno de admiración. Esa limitación es al mismo tiempo su razón de existencia. Esa supuesta debilidad es la matriz de su fortaleza.

No podía Marcelo Bielsa trabajar en otro lugar que no fuera allí. La comodidad no es su hábitat. La empresa sencilla no forma parte de su disco rígido. Bielsa no es un ser humano programado para instalarse en zonas de confort. Allí se fue y allí comenzó su nueva obra, esa que hizo cumbre en Inglaterra hace algunas horas.

Nunca en la historia un equipo humilde dominó, maniató y desequilibró al legendario Manchester como el Athletic. La misma intensidad para recuperar el balón, que para jugarlo una vez obtenido. Triangulaciones, asociaciones permanentes, búsqueda por las bandas y dinámica total. Muchas veces los equipos se definen por el lugar de la cancha donde intentan recuperar la pelota. La presión bien alta de los bilbaínos marcó de comienzo a fin, la intención salvaje de jugar el partido lejos de su arco.

Javi Martínez era Ayala. De Marcos era Aimar. Ander Herrera parecía Lucho González. Muniain recordaba los movimientos de Ortega. Llorente era Batistuta.

El recuerdo de aquella selección dominó la escena por completo. Por supuesto, al hablar del ciclo seleccionado no faltará el que vuelva a poner sobre la mesa el fracaso de Japón. Como si se tratara de crímenes de lesa humanidad, los fundamentalistas del resultado seguirán sosteniendo a rajatabla que esas son causas que no prescriben jamás. Lo que no saben o no quieren saber, es que para Bielsa el éxito no inmuniza. Que el fracaso es formativo y que las mejores oportunidades para revisar y cambiar llegan con las desilusiones.

No importa que una década atrás los defensores de sus ideas entráramos todos en un Fiat 600 y hoy no alcancen varios transatlánticos para sumar a los arribistas que ahora se suben al carro del triunfo. No saben que el éxito pasa por otro lado. Al fin y al cabo, así como se ganó ayer se perderá mañana y nada garantiza que el gigante Manchester no saque su estirpe y de la nota en San Mames. Si esa es la utopía de Bielsa. Intentar reducir el margen de azar al mínimo posible, sabiendo que después el fútbol tiene su magia propia.

Lo trascendente es otra cosa. Lo grandioso es el fondo, además de las formas. Lo extraordinario es confirmar que desde el fútbol, pero también desde la vida, las convicciones tienen premio, el respeto por la ética paga doble y la defensa del romanticismo y los ideales pueden ganar el partido del respeto.

Porque fue en el teatro de los sueños, sigamos creyendo que a veces, también pueden ganar los buenos y que esos hombres que luchan toda la vida, definitivamente, esos son los imprescindibles..

canchallena por e-mail.
Suscribite y recibí todos los días las últimas noticias de deportes

Suscribite ahora