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Cuando todos saltábamos

 
 

Waldo Kantor, que ya había vivido la desaparición de un amigo, aceptó finalmente los consejos de gente cercana. Se bajó del colectivo, entró en la Casa Rosada y, junto con sus compañeros de equipo, le dio la mano al general Reynaldo Bignone. Volvió a su casa de Devoto con la cabeza apoyada en el vidrio del 105. Pero el saludo de protocolo al dictador no borró la alegría. La selección argentina acababa de lograr un tercer puesto histórico en el Mundial de vóleibol. Además, mientras Kantor, Hugo Conte, Daniel Castellani, Jon Uriarte, Esteban Martínez, Carlos Getzelevich, Raúl Quiroga, Alcides Cuminetti, Leonardo Wiernes, Daniel Colla, Gabriel Solari, José Puccinelli y Alejandro Diz calentaban antes del decisivo partido ante Japón por el tercer puesto, sentían que la tribuna se les caía encima. "¡El que no salta es un militar! ¡El que no salta es un militar!", cantaban casi 15.000 personas. Y seguían: "¡Se va a acabar, se va acabar la dictadura militar!". Por los altavoces habían anunciado la presencia del almirante Carlos Lacoste, la bota militar en el deporte. La silbatina, atronadora, fue inédita. La dictadura, que en 1978 había hecho uso y abuso del Mundial de fútbol, advirtió que ya ni siquiera el deporte le servía como refugio. Sucedió hace 30 años (se cumplirán este lunes). El estadio deportivo, un escenario supuestamente neutro, fue el Luna Park.

"Fue algo que no me voy a olvidar nunca", me dice Kantor, actual entrenador de Buenos Aires Unidos. Bignone, que cumple prisión perpetua por sus crímenes, es hoy una pesadilla lejana. La hazaña deportiva, no. Del técnico coreano Young Wan Sohn, hombre clave del éxito, se recuerdan siempre sus dificultades con el castellano. "Bombitas", decía, por ejemplo, para contar que un jugador estaba vomitando. La frase más recordada fue "trisi días continuidas". Se refería a la concentración de trece días en el Cenard. Si alguno de los jugadores le planteaba que tal vez llevaban ya demasiados días sin sexo, el coreano respondía: "Ah, no, no, sácala solo". Pero Sohn fue mucho más que anécdotas graciosas. Llegó en 1975 y cambió todo. Buscó jugadores muy altos y muy jóvenes. Impuso entrenamientos maratónicos. Hasta seis horas seguidas, como hizo una vez en Neuquén. Había que repetir hasta el hartazgo los gestos técnicos. No importaba tanto el tecnicismo. Sí la automatización. Debió superar la resistencia de clubes y entrenadores locales, todos enojados con el coreano. Llevó al equipo a Corea, China, Japón, Taiwan, Estados Unidos, Canadá, México y Europa. Entre 150 y 200 partidos. "Perdíamos, perdíamos y perdíamos", contó Conte en La Argentina Olímpica , un documental reciente difundido por Canal Encuentro. Kantor y Conte, dos figuras enormes en la historia del voley mundial, todavía se acuerdan de una derrota 3-0 contra un club checo. Sus jugadores llegaron con los pantalones manchados con césped. Acaso venían de jugar al fútbol.

Sohn exigió además al plantel que no se quejara de la austeridad de hoteles, comidas, viajes o escenarios. Una gira por Europa duró 64 días y 48 partidos. Con apenas dos camisetas y dos pantalones por jugador. "Hay que seguir trabajando, somos jóvenes y de las derrotas se aprende, al Mundial vamos a llegar bien", alentaba el coreano. "Y nosotros le creíamos", dice Conte, convertido por Sohn en una máquina de bloqueo. La Argentina había terminado 22° en el Mundial de Italia 78, su peor posición histórica. Fue 5a en el Sudamericano del 79. La nueva selección de Sohn tenía a jugadores que venían de coronarse campeones sudamericanos juveniles en 1980 y de ser 5° en el Mundial de 1981. La primera gran victoria llegó unos meses antes del Mundial 82: 3-1 a Corea del Sur, 4a en el Mundial anterior. Ya se había sumado al cuerpo técnico Enrique Martínez Granados. Y también Julio Velasco, un activista estudiantil a punto de recibirse en Filosofía que escapó de la represión en La Plata y encontró refugio en el voleibol (no así su hermano, que fue preso y torturado, o que algunos amigos desaparecidos). Velasco, que luego llevaría a la cima a la selección italiana, incorporó una preparación física más intensa y el estudio detallado del rival. "Me obligó a pensar", dice Kantor.

Favorecida en el fixture por su rol de anfitriona, la Argentina debutó en Newell's Old Boys, en un escenario construido al lado de la cancha. Los jugadores, que esperaban unas 2000 o 3000 personas como mucho, creyeron que las largas filas eran por un recital. Hasta que llegaron al estadio y vieron que había gente colgada hasta en los techos. El 2 de octubre pasado se cumplieron 30 años del debut. Los jugadores -a falta de un festejo oficial- intercambiaron mensajes: "15-2, 15-4, 15-0 a Túnez". Sohn murió justo un año antes, de cáncer de pulmón. "Muchos -recuerda Kantor- no entendían muy bien de qué se trataba el voleibol. Perdíamos cinco puntos seguidos y nos puteaban, y estábamos ganando 10-8." El apoyo popular se trasladó al Luna Park. La energía entre público y jugadores que no llegaban a los 20 años y eran pura garra y humildad fue clave. La victoria final por el tercer lugar ante Japón marcó el inicio de la década más brillante en la historia del voleibol argentino. Esa generación de grandes jugadores celebró en 1988 el histórico triunfo 3-2 ante Brasil por el bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl, con la anécdota de Conte obligado a correr al baño en pleno cuarto set para aliviar urgencias intestinales.

Lejos de aprovechar el boom, la dirigencia encabezada por Ricardo Russomando, celosa del éxito, llegó a entrar hasta en las casas de jugadores exigiendo devolución de camisetas. Medallistas olímpicos, los jugadores ni siquiera lograron que la dirigencia los proveyera para los entrenamientos con agua mineral cuando se alertaba no beber de la canilla por una amenaza de epidemia. Russomando, que gobernó casi 30 años, hasta 1996, ya no estaba cuando la Argentina organizó otra vez un Campeonato Mundial. La selección terminó 6a y, otra vez, recibió un apoyo formidable en el Luna Park. La final, que Brasil ganó 3-2 a Rusia, se jugó el 13 de octubre de 2002. El sábado se cumplirán diez años y el organizador central del torneo, Mario Goijman, entonces presidente de la Federación Argentina, sigue reclamando, en bancarrota personal y ya desesperado en su soledad, que le devuelvan el dinero que puso de su bolsillo en medio de la crisis de 2001. Sus denuncias provocaron la caída del mexicano Rubén Acosta, presidente de la Federación Internacional (FIVB) de 1984 a 2008. Los 33 millones de dólares que Acosta cobró de comisiones como firmante final de contratos de patrocinio y TV incluyeron el Mundial 2002. Un defensor de Acosta, el brasileño Ary Graca, acaba de ser elegido en la FIVB. El deporte, se sabe, suele ser más atractivo en la cancha que en los despachos. El voleibol argentino busca hoy resurgir en las canchas con hijos de algunos de los héroes de 1982, el Mundial que marcó un antes y un después. El recuerdo, también emocionante, incluye a los cantos antidictadura que acompañaron un momento de esperanza de cambio. Los estadios deportivos -como sucedió el último domingo con la masiva manifestación de catalanismo en el Camp Nou- no tienen por qué estar ajenos a los movimientos sociales. En 1982 en el Luna Park, Conte y compañía saltaban en la red. Otros miles saltaban en las tribunas..

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