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Mucho más parecidos que diferentes

 
 

Estaban muy lejos en 1993. Uno volvía y el otro se iba del país. Tras una década en Francia, en la que terminó su carrera de futbolista y comenzó la de entrenador, Carlos Bianchi regresó a la Argentina para dirigir a Vélez. Casi al mismo tiempo, Ramón Díaz aceptó la irresistible oferta de los japoneses y se fue a jugar sus últimos partidos como profesional al Yokohama Marinos, en el estreno de la liga. Ninguno de los dos tenía garantizado el éxito en su respectiva apuesta. Bianchi conocía al club de su vida, pero había perdido contacto con el fútbol argentino. Díaz sabía cómo definir mano a mano con el arquero rival, pero no tenía noción de la cultura nipona. Le fue bien a Ramón. Jerarquizó aquella primera temporada del campeonato japonés y se retiró en 1994. Carlitos se convirtió en el Virrey de Liniers y protagonizó la segunda fundación de Vélez. Campeón en su primer torneo (Clausura ´93), al año siguiente levantó la Copa Libertadores de América.

En diciembre de 1994, la misma historia: uno en la Argentina y el otro en Japón. Pero con destinos invertidos. Mientras el Pelado riojano volvía al país tras su confortable retiro en Yokohama, el Pelado de Villa Real conquistaba Tokio con el resonante triunfo de Vélez ante Milan en la Copa Intercontinental. Hace 20 años, Martín Palermo luchaba por llegar a la primera de Estudiantes. Diego Cagna se destacaba en Independiente. Tata Martino era el capo de Newells. Pipo Gorosito la rompía en la Universidad Católica de Chile, subcampeón de América. Luis Zubeldía soñaba con jugar en primera. Roberto Sensini pasaba de Udinese a Parma en el fútbol italiano. Juan Pizzi, de Tenerife a Valencia en España. Ricardo Gareca, de Vélez a Independiente justo antes de la llegada de Bianchi. Guillermo Barros Schelotto era la gran promesa de Gimnasia y Esgrima La Plata. Facundo Sava debutaba en Ferro. Gabriel Schurrer se consolidaba en Lanús. Jorge Burruchaga conducía a Valenciennes antes de purgar una suspensión de un año y medio por involucrarse en un caso de soborno. Gabriel Perrone luchaba con sus rodillas para seguir jugando. Ricardo Zielinski hacía la transición entre el campo y el banco en el mismo club Ituzaingó. Walter De Felippe lo mismo, pero en Olimpo de Bahía Blanca. Gustavo Alfaro ya la había hecho un año antes en Atlético de Rafaela y era el DT del equipo. Pepe Romero también dirigía, a Estudiantes de Caseros. Tolo Gallego y Alejandro Sabella acompañaban a Daniel Passarella en el cuerpo técnico de River.

Hace 20 años, la ley Bosman aún no existía. Sin pasaportes comunitarios ni mercados emergentes, el libro de pases quedaba reservado a pocos cupos y a los buenos de verdad. Coco Basile contaba con muchos integrantes del seleccionado en el país y podía ejercer de entrenador en Ezeiza. Simeone, Batistuta y Redondo formaban la Santísima Trinidad en Europa. Diego estaba en Sevilla y volvería a la Argentina para jugar en Newell´s luego del 0-5 ante Colombia. Oscar Ruggeri levantaba la Copa América de Ecuador, el último título oficial de la selección mayor.

Tan lejos, en diciembre de 1994, Carlos Bianchi y Ramón Díaz se encontraron en una cancha apenas siete meses más tarde. Alfredo Davicce echó a Carlos Babington a mediados de 1995 y confío en Ramón para dirigir a River sin experiencia alguna. Una situación similar a la de Bianchi en Vélez dos años atrás, pero con la diferencia de que Carlitos ya había dirigido en Francia. Su primer partido como entrenador fue ante... el Vélez del Virrey por los cuartos de final de la Copa Libertadores de 1995. Tras un 1-1 y un 0-0, ganó el riojano por penales. A mediados de 1996, festejaron casi en simultáneo. Bianchi fue contratado por Roma, se fue unas fechas antes y regresó para acompañar a su amigo Osvaldo Piazza en la celebración del bicampeonato de la temporada 95-96. Mientras tanto, Díaz entró en la galería de próceres de River con aquella Copa Libertadores de 1996, la segunda y, por ahora, última en la historia del club.

Volvieron a distanciarse. Mientras a Carlos no le iba bien allá (despedido prematuramente en Roma), Ramón ganaba todo acá (tricampeonato argentino y Supercopa) y obligó a Boca a buscar un entrenador que cambiara el rumbo del club y del fútbol argentino. Antes del Mundial de Francia ´98, Mauricio Macri se reunió con Daniel Passarella sin acuerdo. El plan B fue Bianchi. Con éxitos inmediatos al igual que en Vélez, refundó un club que había ganado sólo dos campeonatos argentinos en 17 años y sólo uno en la era de los torneos cortos inaugurada en 1991.

Desde agosto de 1998 a enero de 2000 y en el segundo semestre de 2001, protagonizaron la primera parte de su rivalidad. Aún no vivíamos en un fútbol de entrenadores. Si bien se habían abierto las puertas de Europa para todos gracias a la revolución Bosman, las divisiones juveniles todavía formaban a Aimar, Saviola y Tevez, por citar tres promovidos a primera por ambos entrenadores durante esos tres años. La canilla se estaba cerrando por diferentes motivos como carencia técnica, déficit formativo, urgencia por ganar sin paciencia para educar en el fútbol de base, la exageración periodística por ponerle el cartel de crack a quien debía ganárselo. Pero el proceso se daba en lo profundo y en silencio mientras todavía disfrutábamos de una muy buena camada de futbolistas. Basta recordar al equipo campeón mundial juvenil en Argentina 2001 dirigido por Pekerman: Caballero, Lux, Coloccini, Burdisso, Ponzio, Maxi Rodríguez, Saviola, Romagnoli, D´Alessandro. La clase ´81, quizá la última buena buena generación de chicos, con diez o quince realmente exitosos en sus carreras. La de Luis Zubeldía, quien se quedó sin Mundial por esa rodilla que le obligó a cambiar de planes a los 23 años.

Tuvo suerte Ramón. Nunca debió soportar como DT de River los títulos internacionales de Bianchi en Boca. Tolo Gallego lo padeció entre 2000 y 2001 con duelo directo incluido. En 2002, mientras Bianchi descansaba, Ramón terminó su segundo ciclo con la vuelta olímpica en el Clausura. Y en 2003, mientras Ramón descansaba, Carlitos volvió a ganar todo en su segundo ciclo en Boca para convertirse en el entrenador más exitoso de la historia del club. Le tocó a Manuel Pellegrini sufrir el duro contraste.

El Pelado de La Rioja se fue a dormir la siesta a mediados de 2002. Se despertó a principios de 2007 para dirigir a San Lorenzo. El Pelado de Villa Real se había dormido un año antes tras su fracaso en el Atlético de Madrid. Mientras Carlitos disfrutaba de sus nietos, Ramón revalidaba sus credenciales de DT dándole valor agregado y un título a aquel Ciclón del Clausura 07, su última vuelta olímpica. Los frustrantes pasos por América de México, Independiente y su segunda vuelta en el CASLA le mostraron el lado B de la carrera. Bianchi seguía su siesta y se divertía comentando fútbol en los grandes torneos mundiales. Compartí tareas con él en el Mundial de Sudáfrica y en la Euro de Ucrania y Polonia. "No me veo dirigiendo de nuevo", me dijo hace siete meses en Varsovia, antes de recomendarme un guía turístico para recorrer Cracovia y Auschwitz en un día libre. Así me dejó pagando cuando aseguré por todos lados que "Bianchi no dirigía más".

Un mes antes Ramón había cumplido su promesa de volver a River para su tercer ciclo. Son mucho más que los DT más ganadores. El fútbol argentino los necesita hasta para la promoción del torneo. Abuelos, familieros, con esposas influyentes, expertos en el manejo de los medios, artistas en convencer al jugador. Volvieron por el mismo motivo. Esto les gusta y lo ganado ya no se los quitará nadie. Más parecidos que distintos, el tiempo los ha puesto en el mismo lugar..

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