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Súper TC2000

Toda semejanza es pura casualidad

Una carrera por las arterias ciudadanas no guarda puntos en común con un autódromo; detalles y características.

Por Daniel Meissner | canchallena.com

 
 
  Foto: DyN
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Para quienes se sorprenden con esto de hacer acelerar autos de carrera por las calles de una ciudad, vale la aclaración: la cosa no es nueva. La Argentina supo recibir a los ases europeos hacia fines de los 40 y principios de los 50 para batirse en los paseos peatonales de Rosario, Mar del Plata, Palermo, Retiro o la Costanera, cuando la palabra "autódromo" sólo refería a Monza, Silverstone o Avus. Después, los autódromos poblaron el país y se invirtió la ecuación: los callejeros pasaron a ser lo novedoso.

 
Vilas en los boxeos del callejero de Baires.  Foto: LA NACION  / Emiliano Lasalvia

Hoy, a más de sesenta años, algo está claro y se acentuó: las diferencias entre un lugar creado exclusivamente para las carreras y otro para que se desenvuelva el ciudadano común. Lejos de las similitudes con las tribunas de cemento, el Paseo Peatonal Florencio Molina Campos, repleto de público para ver a las máquinas transitando por la avenida del Libertador, resultó un show dentro de otro. Si hasta la gente parece diferente: a los habituales tuercas que hablan como eruditos cada domingo esta vez se sumaron aquellos que descolocaban a los primeros con sus preguntas: "¿A este circuito va a venir la Fórmula 1?" o bien "¿Traverso ya no corre más?", que levantaban alguna ironía de los más entendidos.

 
La carrera con el fondo de la Facultad de Derecho.  Foto: LA NACION  / Emiliano Lasalvia

Al final, y eso es lo bueno, la fiesta fue para todos, más allá de los agoreros pronósticos que siempre rodean a estas patriadas dirigenciales. Fue muy lindo ver los brazos elevando los celulares para inmortalizar las imágenes de un auto, que se asemejaba a la ola futbolística mientras el coche llegaba, pasaba y se iba de cada sector. Nada similar a un autódromo, como si cualquier semejanza con aquéllos fuera pura casualidad. Aquí se escuchaba a los técnicos y organizadores explicarles a los numerosos periodistas extranjeros de qué se trata esta experiencia en esta parte del mundo, en medio de un desfile de coches antiguos de todas las épocas y categorías de la rica historia del automovilismo deportivo argentino...

 
El desfile de los autos antiguos.  Foto: LA NACION  / Emiliano Lasalvia

Desde los más chiquitos trepados a los hombros de sus papás y tapándose los oídos ante el infernal ruido encajonado entre tanto cemento hasta los habitantes de los balcones más altos de los edificios que tenían el circuito a sus pies, todo tuvo otro formato. Un color distinto.

Las casas vecinas, además de la superpoblación de invitados (desde el 7° piso podía verse la totalidad de la pista), se engalanaron con banderas argentinas y hasta varias papales en homenaje a Francisco. A las 13.15 todos entonaron el himno y la ovación retumbó en cada esquina. Entonces, fue el tiempo del ruido y las aceleraciones. Cada toque entre dos autos levantaba el expresivo "uuuuh" y las bloqueadas en la esquina de Libertador rumbo a Tagle hicieron que muchos se tomaran la cabeza. Con banderas de equipos que no participaban (Ferrari, McLaren), los hinchas y nuevos fans quisieron, de algún modo, hacerles entender a los pilotos que estaban allí para recompensar la entrega de éstos. Y entonces, retumbaron los aplausos en el final. Muchos se quedaron con ganas de más, mientras invadían la avenida Las Heras o Coronel Díaz para volver a casa. Quizás en esas ansias de seguir viendo automovilismo en las calles haya radicado el secreto del éxito de esta convocatoria.

 
Las promotoras del espectáculo en Buenos Aires.  Foto: DyN 

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