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Copa Davis

Berlocq y una infancia con cinturones ajustados

Charly disfruta de una sólida posición, pero sus padres hicieron grandes esfuerzos para que su sueño se cumpliera.

Por Sebastián Torok | canchallena.com

 
 

Carlos nació en Labardén, una localidad bonaerense del partido de General Guido, a un puñado de kilómetros de Maipú. Cuando era un niño su familia se mudó a Chascomús, donde se crió, creció, se hizo adolescente, maduró y tiempo después se enamoró de Esther, oriunda de la ciudad de Raúl Alfonsín. Juntos construyeron una familia numerosa, con seis hijos. Carlos, empleado de una empresa de electricidad, y Esther, peluquera, se desvivían para que a sus soles no les faltara nada. Carlos, que nunca había jugado al tenis con seriedad, comenzó a practicarlo de adulto, pero como las prioridades económicas pasaban por otro lado y no tenía dinero para darse el lujo de comprar una raqueta nueva, un compañero del trabajo le regaló una de madera, muy pesada, que utilizó varios años hasta que mejoró el nivel y logró tener otra más moderna. Aquella vieja raqueta quedó durante años guardada en un armario. Hasta que un día, Carlitos, uno de los hijos de la pareja, teniendo 3 años encontró esa curiosa pieza de madera, casi astillada. La desempolvó, la tomó fuerte, en realidad como pudo, y empezó a golpear -y romper- todo lo que tenía por delante. Adornos, sillas, puertas, almohadones. Carlitos no es otro que Charly Berlocq, el gladiador que edificó una tarde consagratoria ganando el quinto punto de la espinosa serie de Copa Davis frente a Francia, que ubicó a la Argentina en las semifinales.

Hoy, su figura luce en casi todas las portadas de los diarios, en los medios digitales, en las imágenes de TV. Los chicos ven en él la pintura de un luchador. Pero, claro, detrás de él hay una historia de sacrificios, de cinturones ajustados. Berlocq tiene más de dos millones de dólares en premios de ATP, tiene sus auspiciantes de indumentaria y raqueta, tiene los recursos para contratar a un equipo. Pero todo esto parecía una utopía cuando era niño. "Carlitos rompía todo. Saltaba en la cama y tiraba pelotazos para cualquier lado, volvía locos a sus hermanos, que lo retaban. No sabía qué hacer con él. Lo llevé a un profesor en el Club Atlético Chascomús y le dije: «Fijate qué se puede hacer, no larga la raqueta». Empezó a jugar con los otros chicos y nunca más paró. Esa raqueta era tan pesada que la arrastraba, la golpeaba y un día cuando la llevé a encordar ya que la cuerda se había roto de vieja, se partió. Tuvimos que hacer malabares para comprar otra y le conseguimos una marca Fisher", dice Carlos, de 66 años, padre del héroe tenístico del inolvidable domingo.

Sin embargo, en aquellos momentos, y por cuestiones laborales, la familia debió trasladarse a Mar del Plata, donde se cimentó por 12 años. Allí, lo que para Charly representaba un juego, un pasatiempo, pasó a tomar seriedad. Pero el obstáculo siempre era el mismo: el dinero. Sin capital para contratar a un profe que moldeara su cuerpo con trabajos puntuales de tenis, se alistó en el Polideportivo para entrenarse con el equipo de menores de atletismo. "Era bueno corriendo. Les ganaba a sus compañeros y el profesor lo intentó convencer de que dejara el tenis y se hiciera maratonista, pero no le hizo caso", le dijo Carlos a LA NACION, con los ojos humedecidos.

En 2010, con dos de sus pasiones: el tenis y su hija Stefy. 

Cuando algunos juniors podían alojarse en hoteles durante los torneos, Charly descansaba en dormis o casas de familia. Claro, en los torneos lo acompañaba su padre que, no iba a las casas de familia y para "no gastar de más", ya que todo tipo de ahorro era conveniente si la semana posterior pretendía volver a viajar, dormía en los vestuarios de los clubes. "No me da vergüenza decirlo. Más de una vez tenía plata para que comiera sólo él, entonces esperaba que terminara y si dejaba algo, lo comía yo. Hicimos todo por él. La ropa la pagaba con tarjeta de crédito y en miles de cuotas. Los amigos organizaban rifas para ayudarlo. Y Carlitos siempre valoró lo que hacíamos, cuidaba sus cosas como si fueran oro. Era responsable de chico: si me pedía que lo despertara a las 8 y lo hacía 8.05, se enojaba. Todo lo que logró fue por su disciplina, su esfuerzo", concluye Carlos, emocionado. Su hijo tocó el cielo con las manos y su familia tuvo mucho que ver.

  • "Cabeza de acero"
    La prensa francesa distinguió la tarea de Charly Berlocq en los cuartos de final de la Copa Davis. "Francia sufrió una debacle y la Argentina tuvo a un tenista con cabeza de acero", publicó el prestigioso diario L'Equipe.
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