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La Argentina fue más terrenal que de costumbre

 
Foto: LA NACION 

Empezó fluido y terminó trabado. Parecía que los goles caían en cualquier momento, desde bien temprano, y no llegaron nunca. Al principio se desafiaron con el juego, con la pelota viva y ataque por ataque, y en el último tramo se enredaron en la confusión, roces y el nerviosismo que contagió el árbitro. Un partido que había nacido sano y robusto se fue desnaturalizando y contaminando. Colombia vio en la designación del venezolano Escalante una sugestiva desprolijidad porque el seleccionado Vinotinto es un competidor directo por la clasificación. Si a alguien perjudicó el referí fue al partido en general, y a la Argentina en particular por cobrar un offside inexistente en una jugada que termina con gol de Agüero y por no mostrar alguna roja más, como al volante Ramírez.

Colombia fue de lo más duro y exigente que pudo encontrar la Argentina siendo local. Pekerman puso de pie a un equipo sobre cuyos restos nuestro seleccionado empezó a construirse en la primera rueda, con el triunfo en Barranquilla. Desde entonces, hace más de un año y medio, la Argentina tomó un envión que mantiene hasta estos días y que anoche la encontró en el callejón sin salida que le tendió Colombia con Ospina como último obstáculo insalvable. Un Messi convaleciente, al 60 por ciento de su capacidad física, entró en la última media hora para romper el cerrojo con algún destello. Pekerman reaccionó de inmediato y mandó a la cancha a Mejía para que le hiciera marca personal. Aun en una pierna y media, el magnetismo de Leo parece que va a transformar un encuentro en cualquier momento. Estuvo cerca de conseguirlo en un par de jugadas, intercaladas en sus caminatas para no forzar demasiado su músculo femoral derecho.

Esta Argentina no se queda esperando, contemplativa, que la clasificación al Mundial le caiga del cielo en las manos, como si fuera un mandato histórico, un título nobiliario por su condición de potencia continental. Va a buscarla con la ambición de un equipo que anoche debía demostrar, nada menos, que se las podía arreglar sin Messi, cuya influencia es tan grande e inevitable como la que tiene el pasto del sol para poder crecer. Pero la Argentina no se acurrucó ni empequeñeció. No se quedó mirando desvalida hacia el banco a su figura ausente, sino que puso la vista al frente para avanzar con vigor, con más aceleración que pausa, un rasgo que es habitual cuando juega en el Monumental.

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Recostado sobre la derecha, el principal encargado de imprimir vértigo fue Di María, explosivo en el arranque y con un látigo en la pierna izquierda para lanzar asistencias. En apenas un cuarto de hora puso en situación de gol a Zabaleta y, dos veces, a Higuaín, que empezó su duelo particular con el notable arquero Ospina, que lo frustró con un par de atajadas. Después, tras un choque en el que a Pipita se le fue la pierna y le costó la expulsión, al igual que al zaguero Zapata por patear al delantero, el partido entró en una etapa más pendenciera y áspera. El árbitro, que había tenido un papel secundario en un partido en el que la pelota volaba de un área a la otra vertiginosamente, decidió ser riguroso al extremo y tomó un innecesario protagonismo por el criterio ambiguo para sancionar algunos excesos.

En el segundo tiempo, Pekerman quitó un delantero (el apagado Jackson Martínez) y rearmó la zaga central con el ingreso de Perea. Los dos laterales, Zúñiga y Armero, se adelantaron y ya la Argentina no tuvo un tránsito veloz en la zona media. Un golpe de estrategia del técnico argentino para que Colombia no resignara su condición de rival calculador y peligroso. Seguro Romero cuando intervino, Fernández fue un caudillo en la defensa. Lo terminó desquiciando a Falcao, que le aplicó un planchazo.

A medida que no encontró huecos y espacios, la Argentina se desdibujó. Colombia luchó sin arrugar. Agüero no podía terminar ninguna jugada, Di María se cansó y se notó la falta del pase clarificador que limpia terreno, función que en este equipo suele cumplir Gago. El partido se le hizo cada vez más arduo y desgastante a la Argentina. Sin la estrella de Messi, le tocó ser un equipo más normal y terrenal que de costumbre..

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