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Día del padre

"Mi padre -escribió una vez Juan Villoro en Orsai- no es gente de ritos ni supersticiones, pero un día llevó a su hijo a la tumba de su padre y lloró, en forma rara, con una torpeza esencial. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, como si el llanto lo obligara a actuar al revés. Yo no sabía que los papás lloraban. No dijo nada. Supe que nunca hablaríamos de eso. Diríamos «Montjuic», diríamos «el abuelo». No hablaríamos del llanto." El fútbol no aparece en el hermoso y extenso texto que Juan Villoro dedicó a Luis, su padre filósofo de casi 90 años que viaja siempre a Chiapas para participar en asambleas indígenas. "Pero sí estuvo -me aclaró el escritor mexicano en su última visita a Buenos Aires-, porque después de divorciarse de mi madre, mi padre comenzó a llevarme al fútbol. Y el estadio comenzó a tener para mí un valor muy especial: pasó a ser el lugar en el que yo tenía a mi padre." Los estadios argentinos, desde hace tiempo escenario de violencia, drama y juegos de poder, han vivido épocas mejores.

También César Francis, cansado de ser hincha de TV, recuerda como inolvidable esa primera tarde que Nassif Chucri, su padre, de 43 años, nacido en los montes del Líbano, aceptó llevarlo por primera vez al Gasómetro, ambos subiendo azorados los escalones, entre banderas, hinchas y cantos. "Con mi manito me aferré a su manota, lo miré y me dijo «no tenga miedo, está conmigo».'. Las tardes se repitieron. "Yo -cuenta Francis en la página web informeescaleno.com.ar- era un niño, pero tenía perfectamente clara la sensación de que estaba viviendo momentos tan singulares con mi viejo que me marcarían para siempre." César, sin embargo, percibió también que papá Nassif sentía celos. Hasta que un día, ya enfermo, en esas charlas de despedida, "aquel libanés tosco pero dulce, duro pero tierno, por fin me confesó por qué le molestaba tanto mi militancia por San Lorenzo. Me lo dijo así: «Sabe qué pasa, papá (me trataba de usted y me decía papá). Siempre supe que San Lorenzo es inmortal, y yo no, y me daba y me da envidia saber que San Lorenzo va a estar con usted siempre, y yo no, y usted va a disfrutar de su sentimiento mucho más tiempo que a mí»".

Andrés Burgo no recuerda día ni rival, pero sí que se quedó dormido en el segundo tiempo cuando era muy niño y su padre lo llevó por primera vez al Monumental. Decide escribir sobre su enfermedad por River (Ser de River, Sudamericana) justo cuando River desciende y a su padre le detectan un linfoma. Van juntos a los pocos días al hospital y Andrés se retuerce, insulta al relator y le pega al volante. Sufre porque Argentinos no le puede ganar a Olimpo y así River sigue cayendo. Descubre que "el amor familiar, aun en su versión más triste, y River no son incompatibles". Sigue escribiendo incluso "en un viaje en ambulancia, de tan cotidiano que se me hizo acompañarlo". "Escribí de mi lucha por River mientras luchaba por él. Estar a su lado, verlo por enésima vez ganarle a lo que se le pusiera enfrente, pelearle a golpes de verdad, ver sus continuas resurrecciones, fue el último impulso vital que encontré para escribir este libro. Todos los días me decía muchas gracias, pero yo sabía que era al revés, que él me estaba salvando a mí, que el agradecido debía ser yo." Su padre murió el 30 de agosto, ocho meses después de publicado el libro. "Para mi viejo, el más grande", dice en la apertura. Debajo, la foto del carné del viejo. Socio número 52.835.

Con pilas gastadas y sin dinero para comprar otras, Banana siente que el mundo se viene abajo. Estudiantes juega contra Platense (el famoso 4-3 de semifinales del Metropolitano 67) y no hay cómo escucharlo. "Tranquilo Banana, el partido no te lo vas a perder", le dice su papá albañil. Pone las pilas a hervir, las mete en una lata y coloca la lata arriba del brasero. Saca luego la lata para poner una olla. Cocina caldo, papas y municiones. Después seca las pilas con un trapo viejo, vuelve a colocarlas y le dice a Banana que pegue el oído porque se escuchará bajito y él deberá contarle al resto. "Gol del pincha viejo", avisa rápido. Platense reacciona y se pone 3-1. Para el segundo tiempo, padre e hijos van a la habitación. Sacan sacos viejos del ropero y los ponen sobre las frazadas porque hace cada vez más frío. El papá apaga la lámpara colgada en un clavo en la pared. Su cigarrillo Clifton queda como única iluminación. Estudiantes inicia la remontada épica: "¡Papá, papá! ¡Gol del Pincha, Verón, de palomita!". "¡Papá, papá! ¡Empatamos! Lo hizo Bilardo." "¡Papá, papá! ¡Penal para el Pincha! ¡Gol, papá! ¡Estamos cuatro a tres! Lo pateó Madero."

"¡Ganamos, viejo! ¡Pasamos a la final! ¡Pincha corazón!" Banana sabe que el domingo próximo se celebra el Día del Niño. Le dice a su padre que no se preocupe por el regalo. El regalo -le dice- se lo harán los jugadores de Estudiantes. Porque "van a ganar la final y seremos campeones por primera vez en la historia". "Papá apagó el cigarrillo, me dijo Pincha corazón, hijo, hasta mañana." "Yo apagué la radio y le dije «Pincha corazón, viejo, hasta mañana»" (Walter Vargas. Del diario íntimo de un chico rubio, Al Arco, 2004).

Ernesto Secchi cuenta en Boquita (Martín Caparrós, 2004) que su padre lo besó por primera vez en veinticuatro años cuanto Antonio Roma atajó el célebre penal a Delem en el Boca-River del 62. En 2000 él llevó a su hijo a Japón a la final contra Real Madrid. Tenían una bandera de Boca que decía "Gracias Viejo". "Cuando terminó el partido -recuerda Secchi-, mi hijo lloraba como un descosido abrazado a mí y me decía «el abuelo está, el abuelo está»." Los hinchas de clubes como Lamadrid, contó Nahuel Gallota en febrero pasado en Clarín, saben que nunca viajarán a Japón. El día de un ascenso frustrado y de otro año en primera C significó sin embargo la certeza para Nahuel de que había ganado "un espacio nuevo y único" con su padre. "Mi papá -escribió Nahuel- estaba siempre: estaba cuando había que esquivar piedras en los viajes de visitante; estaba cuando la policía pegaba palazos, sin causa, en la tribuna. Estaba cuando había que treparse al alambrado para atar la bandera que habíamos hecho. Estaba para despedir al equipo en las buenas y en las malas, cuando ganaba y cuando perdía. Estaba para decirle a mamá que nos dejara solos porque quería hablarnos, de regreso de la cancha, cuando «Lama» había perdido y todavía nos duraba la calentura. Estaba cuando nos subíamos a las mesas del buffet para seguir cantando ahí, juntos, delante de los jugadores, que comían pizzas mientras seguían sonando los bombos y las banderas flameaban." También estuvo en la vuelta olímpica del ascenso a primera B de 1998. "Estamos enfermos, perdónennos, pero de un club que es nuestra casa y no de un equipo de fútbol, que es algo muy distinto."

¿Y qué pasa si el padre no está y el Independiente amado y compartido ya no gana Libertadores sino que se cae a la B? En un texto emotivo que tuvo amplia circulación unos días atrás, Luciano Olivera recordó que su padre, Rodolfo, le decía: "Te lo manda el señor Independiente" si le daba un caramelo. Pero cuando había que tomar una aspirina decía: "Te la manda el señor Racing". "Volvé viejo. Aparecete de traje, envuelto en una bandera roja. Decime que todo esto -escribió Luciano- es una aspirina que me mandó el señor Racing." En La invención de la soledad, que escribió tras la muerte de su padre, Paul Auster habla de una búsqueda acaso dolorosa, porque resulta difícil asumir la irrefutable certeza de que nacemos y morimos en la más profunda soledad. En el medio, tal vez, algún día volveremos a recuperar el fútbol..

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