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Julio Velasco, una buena noticia para el deporte argentino

 
 

Julio Velasco , asistente del técnico coreano Young Wan Sohn, caminaba en 1981 con el jugador Waldo Kantor por las calles de Praga, en plena gira de la selección de vóleibol por la Europa del Este. Habían pasado trece años de la invasión de la URSS en Checoslovaquia. Los tanques soviéticos todavía estaban ahí. Velasco, que de joven había militado en el Partido Comunista Revolucionario (PCR), era crítico del imperialismo soviético. Kantor, en cambio, creció en una familia comunista tradicional, en aquella ortodoxia según la cual la URSS sólo enviaba maestros, pedagogos y médicos a los países satélites. No tanques. "Ahora -le dijo sonriendo Velasco- vas a tener un kilombo bárbaro cuando quieras contar esto en tu casa". Izquierda y derecha no significaban lo mismo para Velasco una década después. Cuando, ya rey en Italia, porque ganaba todo con la selección "azzurra", lo tentaron sin éxito políticos tan disímiles como Massimo D'Alema y Silvio Berlusconi. En 2011 Velasco eligió dirigir en un país musulmán. Este fin de semana se despidió de Teherán, saludado por el gobierno iraní tras dejar a la selección de ese país a un paso del top ten mundial. Hoy será presentado como nuevo técnico nacional. Acaso la mejor noticia que podía tener el deporte argentino al abrir un nuevo año.

El popular programa El Laureado, de la TV italiana, lo invitó en 1995 como un triunfador. "Ganar -sorprendió Velasco- está bien, pero vivimos en una sociedad que pretende que la vida sea un campeonato. 'El auto de los campeones'. 'La comida de los campeones'. En Barcelona 92 perdimos por una sola pelota, pero nadie recuerda esa circunstancia. Simplemente perdimos. Así es el deporte. Pero la vida no es así". El presentador Paolo Chiambretti por fin dejó de interrumpir y Velasco siguió. "El deporte, sabemos, es educativo pero las escuelas le temen a su competitividad. No ven acaso que esa competencia sirve también para aprender a perder. Los deportistas sabemos que no se puede ganar siempre. Y yo estoy orgulloso de nuestras victorias, pero también estoy orgulloso de nuestra derrota en los Juegos Olímpicos, porque no culpamos al árbitro, al dirigente, al entrenador o a un compañero. Dijimos que perdimos porque el rival fue mejor. Combatimos la cultura de la excusa, ese método paralizante de que perdemos culpa de algo externo. Le digo a los jovenes que busquen ganar, pero no crean que el mundo se divide entre ganadores y perdedores, sino entre buenas y malas personas. Porque puede haber malas personas entre los ganadores y también puede haber buenas personas entre los perdedores". La repercusión, igual que otra intervención en el Maurizio Constanzo Show, fue tremenda. Velasco debió dosificar sus apariciones para no convertirse en un santón invitado por políticos, empresas y TV. Combatió la cultura italiana de que no se puede vivir sin los spaguetti y "de que siempre está la ' mamma' para abrigarte". Y contó a L'Espresso que su viejo oficio de limpiavidrios en un banco en la ciudad de La Plata lo ayudó a reflexionar con menos prejuicios. Allí advirtió que siempre puede puede haber dos puntos de vista. Que algo tan banal como un vidrio es diferente para quien lo limpia por la mañana que para quien lo ensucia por la tarde. La revista digital Informe Escaleno le realizó una formidable entrevista meses atrás. Para comprender mejor a sus jugadores, los entrenadores, dijo allí Velasco, deberían aprender a bailar, esquiar, lo que sea para apreciar cuán difícil es controlar el cuerpo. "Así se van a poner del lado del que tiene que limpiar el vidrio".

En otra gran entrevista, en Radio Vorterix, Velasco dijo que "internas" hay en casi todos lados. Pero recordó que, cuando él comenzaba, el vóley argentino ya discutía entre dos corrientes: la de un entrenador intuitivo contra la de otro que, en cambio, era más técnico y físico. Una ideologización del deporte, afirma Velasco, elevada a guerra santa. Una lucha que consume energías, acaso entretenida en la música, pero no en el deporte, donde "está la competición para demostrar que lo tuyo es mejor. Las ideologías -ironizó Velasco- mueren, pero las reflotamos en el deporte". Velasco no quiere el pensamiento único. Prefiere sumar, no tener que elegir. Prefiere la síntesis, no la exclusión. Pep Guardiola, que estaba en plena formación como DT, lo escuchó una vez por TV y viajó hasta Brescia. Velasco le explicó por qué "es mentira eso de que a todos los jugadores hay que tratarlos igual". A los jugadores, cree Velasco, hay que "seducirlos", "convencerlos". Y para conocerlos mejor, un entrenador, más que un libro de sicología deportiva, debe leer novelas, porque es allí "donde se pone al descubierto la complejidad de los individuos". Velasco siempre da charlas en la Argentina, para agradecer y recordar que su educación fue pública y gratuita, "algo que damos por descontado, pero no es así en todo el mundo". Un día en el Club Atlético Once Unidos y otro en la Universidad de Quilmes. En Villa María contó de qué modo se tiró al piso una y otra vez hasta que los jugadores iraníes, a esa altura temerosos del físico de su entrenador, terminaran comprendiendo qué quería esfuerzo, no displicencia. "Tenemos que ser orgullosos -dijo en esa conferencia-, pero no arrogantes; agresivos, pero con fair play; competitivos, pero honestos; respetuosos de todos, pero sin miedo a nadie; correctos, pero también rebeldes" y "no confundir garra con histeria". Empresas italianas lo invitaron a hablar sobre recursos humanos. "Parece que las empresas -inició más de una vez su ponencia- están descubriendo que tienen personas".

Elegido en 2000 por la Federación Internacional de Voleibol (FIVB) como el mejor entrenador del siglo XX junto a Doug Beal y a Yoshida Matsudaira, Velasco, que jugó fútbol hasta la Novena en Estudiantes, dejó Filosofía cuando le quedaban apenas seis materias porque la dictadura ya había secuestrado a su hermano y matado a algunos de sus mejores amigos. El voley fue su refugio. Arribó a Defensores de Belgrano (tardaba tres horas en llegar y los jugadores le pagaban la mitad del sueldo) de la mano del periodista Osvaldo Ardizzone. Ganó cuatro campeonatos Metropolitanos con Ferro de 1979 al 82. A la hora de la foto, se iba al baño. En 1981, todavía temeroso de aparecer en público, aceptó igualmente sumarse al cuerpo técnico de Sohn. Le puso método al pensamiento del coreano. Y tras el consagratorio tercer puesto en el Mundial 82 partió a Italia. Primero al club de Segunda división Tre Valli Jesi, de Pianello Vallesina, un pueblito de mil habitantes en Ancona, por un salario de 6.000 dólares anuales. Luego al Panini Modena (fue tetracampeón italiano entre 1986-89) y de allí a la selección (1989-96, 2 campeonatos mundiales, 5 World Leagues, 3 títulos europeos y medalla de plata en los Juegos de Atlanta 96). Se contradijo y pasó al fútbol. Rechazó una propuesta de Berlusconi que lo quería como DT de Milan, pero sí fue como dirigente a Lazio primero y luego al Inter. Duró poco, pero advirtió la locura. "Todo lo que sucede salta enseguida a los medios. Cualquier otra empresa no aguantaría una semana". También fue audaz cuando aceptó dirigir a Irán, al que coronó bicampeón de Asia. Pidió que las mujeres -madres, hermanas, parejas, hijas- puedan ir a los estadios. Y sonrió cuando en noviembre pasado se enteró que la victoria ante Estados Unidos en Japón fue tema en la última cumbre de desarme de ambos países en Ginebra. Su selección, que ganó a gigantes como Serbia, Italia, Cuba y Alemania, recibió felicitaciones del expresidente Mahmoud Ahmadinejad, del sucesor Hassan Rouhani y del líder de la Revolución Islámica Ayatollah Seyyed Ali Khamenei, entre otros. "Velasco dio alegría a la nación y provocó regocijo nacional", lo felicitó Mahmood Goudarzi, ministro de Deportes iraní, el sábado pasado, en una despedida que incluyó un afiche especial que ubicaba a Velasco al lado del Che Guevara. Hace unos años, Velasco caminaba por la Via dei Falegnani (Calle de los Carpinteros), en el centro de Roma, y se preguntó cuál era entonces su calle. "Mi calle -se respondió- es la calle de los entrenadores". Dejó el fútbol y volvió al vóley. Hoy, 31 años después, vuelve a la selección argentina..

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